viernes, 13 de septiembre de 2013

El partido del proletariado y los partidos burgueses en la revolución[1]

12-25 de mayo de 1907

Los camaradas saben que rechazo categóricamente la opinión que ha sido la filosofía oficial del partido en estos últimos tiempos sobre la revolución y el papel que desempeñan en ella los partidos burgueses.
Las opiniones que profesan nuestros camaradas mencheviques les parecen, a ellos mismos, extraordinariamente complejas. Les he oído más de una vez acusamos de tener una idea demasiado simple de la marcha de la revolución rusa. Y, sin embargo, a pesar de una falta absoluta de precisión en las formas, que dan la apariencia de complejidad -y gracias, quizá, a este defecto- las ideas de los mencheviques degeneran en un esquema extraordinariamente simple, accesible a la comprensión del mismo Miliukov. En la nota final de un folleto aparecido recientemente, "Cómo se han hecho las elecciones para la segunda Duma de Estado", el líder del Partido Constitucional Demócrata [kadete] ha escrito: “En lo que concierne a los grupos de izquierda, en sentido estricto, es decir, los grupos socialistas y revolucionarios, nos será más difícil entendernos con ellos. Pero, si bien no tenemos razones positivas suficientemente definidas que operen este acercamiento, tenemos al menos grandes razones negativas que favorecerán el entenderse en cierta medida. Su fin es criticarnos y desacreditamos, por eso es necesario que existamos y que obremos. Sabemos que, para los socialistas, no solamente para los de Rusia sino para los del mundo entero, la transformación que lleva a cabo ahora el régimen es una revolución burguesa y no socialista: es una revolución que debe ser hecha por la democracia burguesa. Además, si se tratara de ocupar el lugar de esta democracia [...] hay que reconocer que no hay un solo socialista en el mundo que se haya preparado para ello; y si el país ha enviado a la Duma socialistas en gran número, no es, desde luego, para realizar desde ahora el socialismo, ni para que lleven a cabo por sí mismos las reformas preparatorias ‘de la burguesía...’. Así, les será mucho más ventajoso dejamos el papel de parlamentarios, que comprometerse ellos mismos en ese papel".
Miliukov, como veis, nos introduce desde el principio en el meollo de la cuestión. En la cita que acabo de hacer tenéis los elementos esenciales de las ideas mencheviques sobre la revolución y sobre las relaciones de la democracia burguesa y socialista. “La transformación del régimen que se lleva a cabo en este momento es una revolución burguesa y no socialista”. Esto para empezar. La revolución burguesa “debe ser hecha por la democracia burguesa”, como segundo punto. La democracia socialista no puede efectuar por sí misma las reformas burguesas, tiene un papel de simple oposición: "Criticar y desacreditar". Por fin, como cuarta observación, para que los socialistas tengan la posibilidad de quedarse en la oposición, “es preciso que la democracia burguesa exista y actúe”.
¿Y si esta democracia burguesa no existe? ¿Y si no hay una democracia burguesa capaz de marchar a la cabeza de la revolución burguesa? En este caso hay que inventarla: a esto es a lo que llegan los mencheviques. Edifican una democracia burguesa, le dan una serie de cualidades y una historia, empleando su imaginación para ello.
En tanto que materialización, tenemos que preguntarnos primero cuáles son las bases sociales de la democracia burguesa, en qué capas o clases puede apoyarse.
Es inútil hablar de la gran burguesía como de una fuerza revolucionaria, todos estamos de acuerdo en este punto. Los industriales lyoneses, por ejemplo, tuvieron un papel contrarrevolucionario en la época de la revolución francesa, que fue una revolución nacional en el más amplio sentido. Pero se nos habla de la media y, sobre todo, de la pequeña burguesía como fuerza dirigente en la revolución burguesa; y, ¿ qué representa esta pequeña burguesía?
Los jacobinos se apoyaban en la democracia de las ciudades, derivada de las corporaciones artesanas. Los maestros de taller, sus oficiales y las gentes de la ciudad que tenían con los primeros lazos estrechos, componían el ejército revolucionario de los sans-culottes, y ése fue el apoyo del partido dirigente. Esta masa compacta de la población urbana, que había pasado por la larga escuela histórica de la vida corporativa, fue precisamente la que soportó todo el peso de la transformación revolucionaria. El resultado objetivo de la revolución fue crear las "condiciones normales" de la explotación capitalista. Pero el mecanismo social de la evolución histórica ha hecho que la dominación burguesa se viera asegurada por obra de la plebe, de la democracia de la calle, de los sans-culottes. Su dictadura, basada en el terror, libró a la sociedad burguesa de todos los vestigios del régimen anterior, y luego la burguesía impuso su dominio, derribando la dictadura democrática de los pequeños burgueses.
Yo pregunto, y no por primera vez, desgraciadamente: "¿Qué clase social de nuestro país va a construir una democracia burguesa revolucionaria, llevándola al poder y dándole la posibilidad de realizar un trabajo inmenso, teniendo enfrente de ella la oposición del proletariado?" Esta es la cuestión central que planteo una vez más a los mencheviques.
Cierto que tenemos grandes masas de campesinos revolucionarios, pero los camaradas mencheviques saben tan bien como yo que la clase campesina, por revolucionaria que sea, no es capaz de una acción independiente y espontánea, y mucho menos de asumir una dirección política. Los campesinos pueden constituir una fuerza prodigiosa al servicio de la revolución, esto es indiscutible, pero sería indigno de un marxista pensar que el partido de los mujiks es capaz de ponerse a la cabeza de la revolución burguesa y liberar, por iniciativa propia, a las fuerzas productivas de la nación, acabando con los impedimentos seculares. Es la ciudad la que posee la hegemonía en la sociedad moderna, y sólo la ciudad es capaz de desempeñar un papel importante en la revolución burguesa. ¿Dónde veis vosotros esa democracia urbana que llevaría tras sí a toda la nación?
El camarada Martinov* la ha buscado más de una vez, lupa en mano. ¡Ha encontrado maestros de escuela en Saratov, abogados en Petersburgo y técnicos estadísticos en Moscú! Como todos los de su opinión, se ha negado a ver que, en la revolución rusa, el proletariado industrial ocupa el lugar que, a fines del siglo XVIII, tenía la democracia de los artesanos, la democracia de los sans-culottes. Os ruego, camaradas, que os fijéis en este punto esencial.
Nuestra gran industria no procede del artesanado; la historia económica de nuestras ciudades ignora completamente el período de las corporaciones. La industria capitalista ha nacido, para nosotros, por la presión inmediata del capital europeo. Se ha apoderado de un suelo virgen, verdaderamente primitivo, y no ha tenido que luchar contra la resistencia de un ambiente corporativo. El capital extranjero se ha introducido en nuestro país por medio de los empréstitos de Estado y por los canales, si se pueden llamar así, de la iniciativa privada. Ha agrupado en torno a sí al proletariado industrial, sin permitir a los pequeños oficios crearse y desarrollarse. Como resultado, en el momento de la revolución, la principal fuerza de las ciudades se encuentra en un proletariado industrial con una conciencia social muy elevada. Este es un hecho irrefutable y que debe servir de base a todos nuestros estudios sobre táctica revolucionaria.
Si los camaradas mencheviques creen en la victoria de la revolución o admiten al menos la posibilidad de esta victoria, no podrán negar que, fuera del proletariado, no hay, en Rusia, otro pretendiente al poder revolucionario. Lo mismo que la pequeña burguesía de la revolución francesa se puso al frente del movimiento nacional, el proletariado, la verdadera fuerza democrática y revolucionaria de nuestras ciudades, debe encontrar apoyo en las clases campesinas y tomar el poder si, por lo menos, la victoria de la revolución es posible. Un gobierno que se apoya directamente en el proletariado y, por medio de él, en la clase campesina revolucionaria, no significa aún una dictadura socialista. No quiero hablar, de momento, de las perspectivas ulteriores de un gobierno proletario. Quizá el proletariado esté condenado a caer, lo mismo que la democracia de los jacobinos, para dejar el lugar a la burguesía. Quiero solamente dejar claro un punto: si el movimiento revolucionario ha triunfado entre nosotros, como predijo Plejanov, en tanto que movimiento obrero, la victoria de la revolución no es posible sino como victoria revolucionaria del proletariado; dicho de otra manera, sería absolutamente imposible su victoria si no fuera así.
Insisto en esta deducción. Si se supone que la oposición de intereses entre el proletariado y las masas campesinas no permitirá al primero ponerse en cabeza de los últimos, esto es, que el proletariado no es lo suficientemente fuerte como para conseguir la victoria, entonces es que la victoria misma de la revolución es imposible. En tales condiciones, el resultado natural de la revolución sería un entendimiento de la burguesía liberal con el antiguo régimen. Es una posibilidad que no se puede negar, pero está claro que un resultado semejante no se presentaría más que en el caso de un fracaso de la revolución, producido por su debilidad interna.
En suma, todo el análisis de los mencheviques, y, ante todo, su apreciación del proletariado y de sus posibles relaciones con la clase campesina, les conduce inexorablemente al pesimismo sobre la revolución. Pero se empeñan en olvidarlo y en desarrollar su optimismo... en la democracia burguesa.
Así es como se explica su actitud frente a los constitucionalistas. Estos son para ellos el símbolo de la democracia burguesa y ésta es el pretendiente, por derecho natural, al poder revolucionario.
El camarada Martinov ha construido, partiendo de este punto de vista, toda una filosofía de la historia para uso del partido constitucional-demócrata. Los demócratas, ya lo veis, se inclinan a la derecha en las épocas de tranquilidad y oscilan hacia la izquierda cuando se aproxima la revolución. Quizá por eso creen tener un porvenir revolucionario.
Hay que dejar claro que la historia de los kadetes, tal como nos la presenta Martinov, es tendenciosa, porque pliega la historia a las exigencias de una cierta moral. Martinov nos recuerda que en octubre de 1905 los demócratas expresaron su simpatía por los huelguistas. Es indiscutible. Pero, ¿qué se escondía tras esa platónica declaración? Un sentimiento bastante vulgar, el terror del burgués ante la fuerza obrera. En cuanto se extendió el movimiento revolucionario, los demócratas se apartaron totalmente del campo político y Miliukov, explica las razones de esta actitud con entera franqueza en el folleto que he citado : "Después del 17 de octubre, cuando en Rusia tuvieron lugar las primeras grandes reuniones políticas, se tendía claramente a la izquierda [...] Un partido como el de los constitucionales-demócratas que estaba entonces en sus primeros meses de existencia, y se preparaba para la lucha parlamentaria, no podía de ninguna manera actuar en aquellos meses de 1905. Los que reprochan ahora al partido no haber protestado en su momento por medio de mitines, contra las ‘ilusiones revolucionarias del trotskismo’ y contra los ‘blanquistas’[2], no comprenden o no se acuerdan del estado de espíritu del público democrático que se reunía entonces en los mítines[3]." Miliukov, como habéis visto, me hace un gran honor al relacionar mi nombre con el período de máximo auge revolucionario. Pero el interés de la cita no radica en esto. Es importante que nos demos cuenta de que, en octubre y noviembre, el único fin de los demócratas era luchar contra las ilusiones revolucionarias, es decir, contra el movimiento revolucionario de las masas y, si no lo consiguieron, fue simplemente porque tenían miedo del público democrático de los mítines ¡Y eso durante la luna de miel del partido! ¡Y eso en el momento en que nuestra revolución alcanzaba su apogeo!
El camarada Martinov ha recordado las platónicas felicitaciones dirigidas por los demócratas a los huelguistas. Pero, como historiador tendencioso, ha olvidado mencionar el Congreso de los zemstvos, a la cabeza del cual se encontraban los constitucionales demócratas [kadetes] en noviembre. ¿Había estudiado este congreso el problema de su participación en el movimiento popular? No. Se discutió solamente el posible entendimiento con el ministro Witte. Cuando se recibió la noticia del levantamiento de Sebastopol, el congreso se inclinó claramente hacia la derecha -¡hacia la derecha y no hacia la izquierda!-. Y sólo el discurso de Miliukov, al decir que la insurrección había sido aplastada, gracias a Dios, sólo ese discurso pudo llevar a los constitucionales demócratas a la vía parlamentaria. Ya veis que la tesis general de Martinov exige importantes restricciones.
Poco después, los kadetes llegan a la primera Duma. Es indiscutiblemente la página más brillante de la historia del partido liberal. Pero, ¿cómo explicar esta fuerza de los kadetes? Podemos apreciar diversamente la táctica del boicot. Pero parece suficientemente claro que fue esta táctica la que impulsó artificialmente y, por lo tanto, provisionalmente, a amplias capas sociales democráticas al lado de los kadetes; introdujo en sus cuadros representativos a numerosos radicales y así pareció que el partido constitucional-demócrata se convertía en el órgano de una oposición "nacional": esta excepcional situación los llevó a la famosa proclama de Viborg, a la que hacía alusión el camarada Martinov. Pero las elecciones para la segunda Duma forzaron a los kadetes a tomar la actitud que mejor les convenía, la de la lucha contra las "ilusiones revolucionarias". Alejo Smirnov, historiador del partido cadete, caracteriza la campaña electoral en las ciudades donde los kadetes tienen su principal influencia de la siguiente manera: "No había partidarios del gobierno entre los electores de las ciudades... Por ello, en las asambleas, la lucha se desarrolló por otro lado; fue una discusión entre el partido de la Libertad del Pueblo y los partidos socialistas de izquierda”[4].
El caos que había reinado en la oposición durante las primeras elecciones desapareció cuando se preparaba la segunda Duma: las diferencias se manifestaron dentro de la democracia revolucionaria. Los kadetes movilizaron a sus electores contra las ideas de democracia, de revolución, de proletariado. Es un hecho de la mayor importancia que la base social de los kadetes se estrecha y se hace cada vez menos democrática. Circunstancia, por otra parte, que no se explica por el azar, que no es provisional ni transitoria. Significa una escisión real, seria, entre el liberalismo y la democracia revolucionaria. Miliukov se ha percatado de este resultado de las segundas elecciones. Tras haber indicado que, en la primera Duma, los kadetes tenían la mayoría, "quizá porque no tenían oposición" pero que la habían perdido en las segundas elecciones, el líder del partido cadete declaró lo siguiente: "En revancha, tenemos ahora con nosotros una parte considerable de votos del país que se han pronunciado por nuestra táctica contra la de los revolucionarios[5]."
Desearíamos que los camaradas mencheviques tuviesen la misma claridad en la apreciación de lo que pasa. ¿Pensáis que las cosas pasarán diferentemente más tarde? ¿Creéis que los kadetes pueden agrupar bajo su estandarte a las masas democráticas y llegar a ser revolucionarios? ¿No pensáis, por el contrario, que el desarrollo ulterior de la revolución separará definitivamente a la democracia de los liberales y lanzará a estos últimos en el campo de la reacción? ¿No es a esto a lo que conduce toda la táctica de los kadetes en la segunda Duma? ¿Y no es a esto a lo que nos conduce vuestra propia táctica? Vuestras manifestaciones en la Duma, las acusaciones que lanzáis en la prensa y en las asambleas, ¿no tendrán ese efecto? ¿Qué motivos tenéis para creer aún que los kadetes pueden reformarse? ¿Os basáis acaso en hechos sacados del desarrollo político? ¡No, sólo pensáis en vuestro esquema! Para "llevar a buen fin" la revolución tenéis necesidad de la burguesía de las ciudades. La buscáis con ardor y no encontráis más que kadetes. Y manifestáis pensando en ellos un extraño optimismo: queréis forzarlos a desempeñar un papel histórico que no quieren asumir y que no asumirán.
A la cuestión esencial que os he planteado tantas veces no me habéis dado ninguna respuesta. No tenéis la presciencia de la revolución. Vuestra política está desprovista de toda perspectiva.
A causa de eso, vuestra actitud con respecto a los partidos burgueses se formula en términos que el congreso debiera retener: de una ocasión a otra. El proletariado no lleva una lucha sistemática para asegurar su influencia sobre las masas populares, no controla sus movimientos y su táctica por medio de esta idea directiva: agrupar en torno a ellos a los que trabajan, a los que se oprime y llegar a ser su heraldo y su jefe lleva su política de una ocasión a otra. Renuncia en principio a la posibilidad de despreciar las ventajas temporales para realizar conquistas más profundas; procede por empirismo a sus evaluaciones; efectúa combinaciones comerciales de política, aprovechando tan pronto una ocasión como otra. ¿Por qué iba a preferir las rubias a las morenas?, pregunta el camarada Plejanov. Debo reconocer que, si se trata de rubias o de morenas, estamos en el terreno de lo que los alemanes llaman Privatsache: no se trata más que de una opinión libremente personal. Creo que el mismo Alexinski, que no transige, como sabernos, en cuestión de principios, no pedirá que el congreso establezca en esta esfera "la unidad de ideas" que sería la condición eficiente de la unidad de acción. (Aplausos)


[1] Tomado de la versión publicada en 1905, Resultados y Perspectivas, Tomo II, p. 107, Ediciones Ruedo Ibérico, Francia, 1971. Extracto de un discurso pronunciado por Trotsky en el Congreso de Londres del Partido Socialdemócrata Obrero de Rusia del 12-25 de mayo de 1907
[2] Seguidores de August Blanqui (Ver Breves Notas Biográficas).
[3] Miliukov, Cómo se han hecho las elecciones para la segunda Duma de Estado.
[4] Ibidum.
[5] P. Miliukov: Esbozos para la historia de la civilización rusa, San Petersburgo, 1896.

martes, 10 de septiembre de 2013


http://www.ceipleontrotsky.org/

Presentación a El programa de Transición y la IV Internacional
Es la primera vez que, según nuestro conocimiento, se publica en español, una compilación que reúne no sólo el texto “La agonía del capitalismo y las tareas de la IV Internacional”, más conocido como El Programa de Transición, y sus discusiones previas, sino gran parte del material disponible en otros idiomas de la Conferencia o Congreso de fundación de la IV Internacional, del cual el Programa fue su documento fundamental1.
Esta compilación reúne discusiones, artículos, cartas de los momentos previos de elaboración (marzo de 1938); los documentos que fueron presentados para la discusión y votación en la Conferencia; los que discutió la casi paralela Conferencia de la Juventud de la IV Internacional, las discusiones realizadas durante la misma Conferencia, así como artículos y discusiones posteriores.
Por lo extenso del material reunido para esta edición, junto con los textos impresos adjuntamos un CD con un conjunto de otros artículos. La compilación de Rodolphe Prager, Les Congrès de la Quatrième Internationale, aporta gran parte de estos documentos, aunque no incluye el
Programa. Otros textos fueron publicados por Pierre Broué en Cahiers Léon Trotsky Nº 1. La primera edición inglesa que incluyó junto con el Programa parte de las discusiones previas fue la de Pathfinder Press en 1974, en francés fue reproducido por La Brèche en 1977 y en español por Editorial Crux2.
Una importante cantidad de artículos y cartas fueron publicados en español en los Escritos (1929-1940) por Editorial Pluma en 1979 y en Œuvres del ILT. El primer en inglés borrador del Programa se publicó en enero de 1938 y una segunda versión en febrero del mismo año. Las discusiones previas a su aprobación fueron extensas y las más importantes se dieron entre
Trotsky y una delegación del SWP norteamericano.
Como refleja la carta inédita en español3 de Trotsky a Rudolf Klement (organizador de la Conferencia), Trotsky escribió una versión definitiva del programa en abril de 1938 y se la entregó a Klement en ruso e inglés. Jean Van Heijenoort (secretario de Trotsky en México) realizó la inmediata traducción al francés, idioma en el que fue publicado por primera vez en la revista del POI, Quatrième Internationale Nº 8 de mayo de 1938. Klement, en otra traducción inédita en este CD, informa que se publicó en ruso el Biulleten ruso (Nº 66-67 de mayo-junio de 1938, según Editorial Crux) y en alemán como Boletín Interno del SI y en inglés en el Boletín Interno del SWP. También fue publicado en español. Estas publicaciones permitieron la discusión en las secciones nacionales. Éstas continuaron a través de cartas, entrevistas o artículos hasta días previos a la realización de la Conferencia.
Aunque se propusieron algunas enmiendas durante la Conferencia estas no fueron adoptadas por ser minoritarias. Por ello consideramos que las diversas publicaciones posteriores, con algunas modificaciones, se basaron en el texto original escrito por Trotsky en abril de 1938.
En la época actual, es necesario un programa de transición
Al igual que otras ediciones, hemos comenzado esta compilación con el prefacio “A 90 años del Manifiesto Comunista”4 bajo el fundamento que para Trotsky el Programa de Transición se corresponde a una época determinada. Haciendo un análisis de las ideas “que conservan todo su vigor como aquellas que requieren una modificación o ampliación importante” del Manifiesto, Trotsky reafirma en este texto que, a diferencia del siglo precedente y desde la Primera Guerra Mundial (cuando la economía mundial demostró su estancamiento y decadencia), las premisas objetivas para la revolución proletaria están más que maduras. Para Trotsky, Marx y Engels habían subestimado en 1848 las posibilidades que el capitalismo tenía de continuar desarrollándose y sobrestimaron las posibilidades revolucionarias del proletariado de su propia época. Esto, paradójicamente, les permitió elaborar una serie de consignas “que corresponden al período de transición directo del capitalismo al socialismo”. Desde este punto de vista para Trotsky, a pesar de la autocrítica posterior de sus autores respecto a que no habían advertido que el capitalismo iba a tener un nuevo momento de desenvolvimiento, estas consignas “conservaban todo su vigor”5.
El Programa, como queda reflejado en esta compilación, fue elaborado en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, tras una serie de importantes derrotas sufridas por el movimiento obrero y de masas (Alemania, Austria, España). Cuando el fascismo, a través de la coerción y represión, y los “Frentes Populares” (el stalinismo y la socialdemocracia), a través de la colaboración de clases, atenazaban a las masas para ser usadas como carne de cañón en la guerra imperialista. La contradicción entre la madurez de las condiciones objetivas (el estancamiento de las fuerzas productivas enchalecadas por las fronteras nacionales, los enfrentamientos interimperialistas) y la inmadurez de las condiciones subjetivas (la conciencia de las masas, el partido revolucionario) para la revolución socialista, estaba en su brecha más aguda. Era necesario un programa de acción, un puente, para superarla. Y una dirección decidida a llevarlo adelante.
Como define Trotsky en el Programa de Transición: “La tarea estratégica del próximo período –período prerrevolucionario de agitación, propaganda y organización– consiste en superar la contradicción entre la madurez de las condiciones objetivas de la revolución y la falta de madurez del proletariado y de su vanguardia (confusión y desmoralización de la vieja dirección, falta de experiencia de la joven). Es preciso ayudar a las masas, en el proceso de sus luchas cotidianas, a encontrar el puente entre sus reivindicaciones actuales y el programa de la revolución socialista. Este puente debe consistir en un sistema de reivindicaciones transitorias, partiendo de las condiciones actuales y de la conciencia actual de amplias capas de la clase obrera y conduciendo a una sola y misma conclusión: la conquista del poder por el proletariado”6.
Para Trotsky el programa es producto de la época pero, a su vez, de la experiencia histórica. En ese sentido, este programa expresaba la experiencia y las lecciones sacadas por la Oposición de Izquierda que surgió en la URSS en 1923, pero fundamentalmente es a partir de 1928, luego del VI Congreso de la Internacional Comunista y la formación de la Oposición de Izquierda Internacional, que “comenzó el trabajo colectivo que después de diez años llevó a la elaboración del programa que recientemente adoptó nuestra conferencia internacional”7.
Este trabajo colectivo incluía fundamentalmente la experiencia del fascismo en Alemania, la lucha contra los Frentes Populares en España y Francia, el análisis y la disputa contra la degeneración burocrática de la Unión Soviética y la Internacional Comunista y la intervención en la lucha de clases en EEUU. Sin embargo, Trotsky no consideró a éste como un programa acabado: “todavía no se trata del programa de la IV Internacional. El texto no contiene ni la parte teórica, es decir, el análisis de la sociedad capitalista y de su fase imperialista, ni el programa de la revolución socialista propiamente dicha.
Se trata de un programa de acción para el período intermedio. Me parece que nuestras secciones necesitan este documento”8.
El programa se había formado a través de múltiples experiencias, no era un programa elaborado a priori ni un programa acabado, pero: “¿Qué es el partido? ¿En qué consiste la cohesión? Esta cohesión en una comprensión común de los acontecimientos, de las tareas; y esta comprensión común, es el programa del partido”.
Al mismo tiempo, el programa necesita esta cohesión a través de un partido para ser aplicado: “La importancia del programa es la importancia del partido. El partido es la vanguardia de la clase. El partido se forma por la selección entre los elementos más conscientes, más avanzados, más fieles, y puede jugar un importante papel histórico y político que no está en relación directa con su fuerza numérica”9.
Como el Manifiesto Comunista o como las resoluciones de los cuatro primeros congresos de la III Internacional, el Programa de Transición constituye uno de los textos programáticos fundamentales de la clase obrera mundial. Su actualidad no deviene de que tal o cuál apreciación no pueda ser precisada o reformulada, ni de que las condiciones en las cuáles fue escrito se mantuvieron inalteradas en los setenta años posteriores. Por el contario, como señalan en la entrevista publicada en el Apéndice de este libro Emilio Albamonte y Christian
Castillo, la salida de la Segunda Guerra Mundial modificó el marco estratégico en el que los revolucionarios debieron actuar, ya que “se dio un proceso históricamente inédito, donde un reestablecimiento del equilibrio capitalista en el centro coincide con una pérdida de su esfera de control económico directo en un tercio del globo y con un desarrollo nunca antes visto de los procesos revolucionarios en el llamado ‘tercer mundo’, emergiendo procesos revolucionarios en decenas de países coloniales y semicoloniales (…). A fines de los ‘60 este proceso comienza a agotarse al decaer la tasa de ganancia, cuestión que se expresará agudamente con la crisis económica mundial desatada entre 1973-75. Es en estos mismos años que se desarrollará, a su vez, un proceso de gran ascenso obrero, juvenil y de los pueblos oprimidos, que será contenido en el centro y aplastado en forma contrarrevolucionaria en el cono sur latinoamericano”10.
Sin embargo, luego de la “restauración conservadora” que implicó la aplicación de las políticas “neoliberales” durante más de 25 años y la reconquista capitalista de la ex URSS, los países de Europa del Este y China, vemos acentuarse ante nuestros ojos las contradicciones de un sistema social que no tiene nada progresivo que ofrecer a la humanidad. En este sentido, el Programa de Transición no es un texto del pasado, si no uno que se actualiza en cada enfrentamiento serio protagonizado por la clase trabajadora internacional.
Las discusiones previas a la conferencia
Las secciones numéricamente más importantes de la Liga Comunista Internacional eran EEUU (SWP), Bélgica (PSR) y Francia (POI). Además eran las tres secciones que tenían una organización juvenil11.
Las discusiones en las secciones se entablaron a partir de las distintas publicaciones del proyecto de programa escrito por Trotsky. Las más importantes se dieron con los tres dirigentes del SWP norteamericano que viajaron a México al encuentro de Trotsky (J. Cannon, M. Shachtman y V. Dunne) y duraron seis días hacia fines de marzo. También participaron de algunas discusiones Diego Rivera, Rose Karsner y militantes mexicanos. Luego continuaron las discusiones con otros visitantes como J. Weber, otro dirigente del SWP. El Socialist Workers Party, además de ser el partido relativamente más grande, era el que tenía mayor influencia en sectores del movimiento obrero y contaba con dirigentes obreros experimentados en importantes huelgas. Era un partido que podía no sólo propagandizar el programa sino que, por la situación abierta en EEUU (la crisis económica, el surgimiento del nuevo sindicalismo del CIO, de partidos de tipo “laborista”, tendencias fascistas y la próxima guerra como acelerador de las condiciones objetivas) y por su fuerza cuantitativa y cualitativa, podía poner el programa “en marcha”. La existencia del SWP, para Trotsky enfrentaba a la IV Internacional a las tareas del movimiento de masas: “El Programa de Transición es un reflejo de este importante cambio. Su importancia reside en que, en vez de proporcionar un plan teórico a priori, realiza el balance de la experiencia ya acumulada por nuestras secciones nacionales y sobre la base de esta experiencia abre perspectivas internacionales más amplias”12. Por eso, las discusiones en México se centraron en gran parte en la situación en EEUU, en la importancia de destacar dentro del programa la escala móvil de salarios y de horas de trabajo, la autodefensa obrera frente a los primeros fenómenos fascistas (como el intendente demócrata Hague de Jersey City y sus bandas armadas), las posibilidades de crecimiento del SWP y cómo aplicar la táctica-moción del Labor Party (partido obrero o de los trabajadores) la que, como aclara Trotsky no “es parte del programa ni para todos los países”. Era una táctica para ese momento y esa situación específica norteamericana, aunque sus fundamentos pueden extenderse a países donde el movimiento obrero no construyó fuertes partidos de clase. Ésta generó bastante resistencia dentro del SWP, especialmente en su juventud. Esto se refleja en las discusiones que sostienen Weber y Trotsky en México antes de la Conferencia. Según Trotsky se debía a que se repetían viejas fórmulas y no se comprendía la aplicación del programa de transición. También generó discusión, incluso en la dirección, la táctica propuesta por Trotsky hacia la Enmienda Ludlow13. Es que, para “presentar” el programa, había que tener en cuenta no sólo la conciencia de las masas sino sus ilusiones, su psicología, así como buscar la forma más pedagógica de llegar hacia ellas. En estas tácticas ofensivas (dentro de una situación defensiva teniendo en cuenta la marcha hacia la guerra) Trotsky muestra su gran flexibilidad14 al mismo tiempo que mantiene una gran intransigencia ideológica.
Los intelectuales norteamericanos, habían realizado en los recientes años un giro a la izquierda que permitió la formación del Comité de Defensa y la Comisión Dewey como contraproceso a Trotsky y su hijo Sedov frente a los Juicios de Moscú. Pero en 1938, varios de los que formaron parte de esta defensa, luego de declarar la inocencia de los enjuiciados, comenzaron un giro hacia la derecha, acompañando a un importante sector de la intelectualidad. Sin embargo, existía un sector de izquierda reflejado en la revista Partisan Review y, por otro lado, la adhesión de Diego Rivera, ya mundialmente conocido, a la IV Internacional fue para Trotsky un símbolo muy significativo. La importancia dada a esta cuestión queda manifiesta en artículos como “El arte revolucionario y la IV Internacional” de Trotsky15, como en el espacio dedicado a ella en las discusiones previas a la Conferencia. La discusión sobre la URSS giró sobre la verdadera situación social imperantes en el Estado obrero degenerado (dadas las falsificaciones de la burocracia) y el análisis de las distintas fracciones de la burocracia.
Los informes taquigráficos de las discusiones previas así como de las realizados durante la conferencia no fueron oficialmente revisados ni avalados por sus autores, pero son el único documento disponible sobre lo acontecido.
La Conferencia de fundación de la IV Internacional
La Conferencia, realizada en París el 3 de septiembre de 193816, que por las condiciones objetivas en las que tuvo lugar, sólo pudo sostenerse como reunión plenaria durante un día, tuvo como puntos principales la aprobación del Programa y la fundación de la IV Internacional17.
Veintiséis delegados representaron a 11 secciones sobre 29 afiliadas (según el informe del Secretariado Internacional). El resto de las delegaciones no pudieron viajar por diversos problemas, entre ellos, económicos. Se realizó bajo estrictas condiciones de seguridad. Sin embargo, el mismo organizador, Klement, fue asesinado poco antes de su realización, perdiéndose gran parte de los documentos que con él llevaba. Tampoco se pudo impedir la infiltración de un miembro de la GPU18. Erwin Wolf y León Sedov, el hijo de Trotsky, que realizaban tareas destacadas, también fueron asesinados por la GPU poco antes de la realización de la Conferencia. Éstas fueron parte de las “vicisitudes”19 que Trotsky y su corriente, desde la formación de la Oposición de Izquierda en la URSS venían sufriendo (asesinatos, campos de concentración, Juicios de Moscú, intrigas, etc., en manos de stalinistas, fascistas y “democracias” imperialistas).
El temario para la Conferencia era muy extenso (España, guerra, China-Japón, URSS, Francia, colonias, América Latina20, solidaridad internacional frente a las persecuciones, problemas de las secciones y estatutos).
Sin embargo, debido a la brevedad de la reunión, no todos los documentos ni puntos pudieron ser discutidos ni aprobados.
Entre ellos quedaron importantes documentos que aquí publicamos como la “Resolución sobre la lucha de clases y la guerra en Extremo Oriente” de Li Fu Jen21 y “El papel mundial del imperialismo norteamericano” de Trotsky22, que reflejaban la importancia que tenía para la IV tanto la guerra chino-japonesa como el rol EEUU en la guerra por venir.
Finalmente, el temario de discusión se centró en: 1) cuestiones sindicales, obreras, control obrero; 2) situación en la URSS; 3) guerra y situación internacional.
Con relación al punto, 1) la discusión giró alrededor del contenido de los comités de fábrica y la participación en ellos de los revolucionarios, a partir de una enmienda propuesta por la sección polaca. En el punto 2) se continuó con la discusión ya reflejada en el artículo de Trotsky “Es necesario expulsar a los soviets a la burocracia y a la aristocracia”23. La URSS venía siendo parte de numerosas discusiones internas. Craipeau, presente en la Conferencia, negaba su carácter de Estado obrero degenerado y estaba en contra de defenderlo como tal en caso de guerra y se pronunciaba por el “derrotismo revolucionario”. La delegación norteamericana presentó una enmienda que, en cierta forma, también reflejaba que en el SWP de EEUU, algunos dirigentes como Burnham planteaban posiciones similares.
En el punto 3) se discutió centralmente el párrafo del Programa donde Trotsky realiza una diferenciación entre el “patriotismo” de las masas y el patriotismo burgués o reformista, especialmente en las colonias o cuando aparece “mezclado” con la ilusión de defender la democracia (incluso en un país imperialista como antes de la guerra en EEUU). Rousset, Boitel y Pablo negaban cualquier aspecto “progresivo” en el patriotismo de las masas y pedían que este término fuera quitado del programa, pero esta propuesta no fue adoptada.
Los informes fueron anotados por Naville (del Secretariado Internacional) y un delegado norteamericano, pero estos no fueron oficiales, ni revisados, ni aprobados. Sin embargo, también es la única constancia que queda de las discusiones realizadas.
Movimiento por la IV Internacional o IV Internacional
La discusión de los estatutos era específicamente la de su primer punto, es decir, si la Internacional debía o no ser fundada. Ninguno de los allí reunidos dudaba de la necesidad de fundar una nueva Internacional, aunque una pequeña minoría cuestionaba si era el momento de “proclamarla”. La II y III Internacional habían dado amplias muestras de haberse convertido en agentes contrarrevolucionarios al servicio de la burguesía imperialista, quedando aún más claro por su rol en España y Francia. Desde 1933, luego de la traición del PC y la III Internacional en Alemania, la Liga Comunista Internacional (como continuación de la Oposición de Izquierda Internacional) venía luchando por la formación de la nueva Internacional. Diversas tácticas hacia grupos centristas que rompían con los partidos reformistas habían fracasado.
La táctica de “entrismo” en varios partidos socialistas había dado relativamente buenos frutos pero había llegado a su fin. Partidos centristas, como el POUM español, habían demostrado su total fracaso. Rápidamente se aproximaba la guerra que, en una primera etapa, aislaría fuertemente a los revolucionarios de las masas. Para Trotsky era necesaria una clara delimitación revolucionaria. Aunque no negaba la posibilidad de seguir manteniendo relaciones con grupos o individuos centristas (a los que incluso se invitó a la Conferencia), planteaba que esta relación tenía que desarrollarse desde una clara definición de los contornos de una organización que, a partir de la comprensión común del programa formara una organización centralizada y disciplinada. Ésta permitiría centralizar los esfuerzos y las lecciones teórico-prácticas de las experiencias de las secciones nacionales. Centralidad que, a su vez, permitiría golpear con más fuerza relativizando su fuerza numérica.
Algunos sectores o individuos, cercanos a la IV y dentro de ella misma, reflejaban las presiones oportunistas o ultraizquierdistas de las organizaciones centristas que vacilaban o se oponían a su fundación, argumentando unos, que era un momento de retroceso y que las Internacionales sólo podían ser fundadas como producto de un ascenso; otros, que no estaban suficientemente desarrollados los análisis o el programa.
Consciente de la debilidad de la organización pero convencido de su continuidad y futura victoria, Trotsky luchó para que la Conferencia se pronunciara por la fundación y dejara de lado a los escépticos. Su confianza residía en la perspectiva revolucionaria que abriría la guerra en numerosos países y que la misma situación forjaría los cuadros y la organización necesarios para llevar al triunfo a las revoluciones proletarias por venir: “Los escépticos preguntan: “¿Pero ha llegado el momento de crear una nueva Internacional? Es imposible”, dicen, “crear ‘artificialmente’ una Internacional. Sólo pueden hacerla surgir los grandes acontecimientos, etc.”. Lo único que demuestran todas estas objeciones es que los escépticos no sirven para crear una nueva Internacional. En general, los escépticos no son buenos para nada. La IV Internacional ya ha surgido de grandes acontecimientos; de las mayores derrotas del proletariado en la historia. La causa de estas derrotas es la degeneración y la traición de la vieja dirección. La lucha de clases no tolera interrupciones. La III Internacional, después de la II, ha muerto para la revolución. ¡Viva la IV Internacional!
Pero los escépticos no se callan: “¿Pero ha llegado ya el momento de proclamarla?”
La IV Internacional –respondemos– no necesita ser “proclamada”. Existe y lucha. ¿Es débil? Sí, sus filas son todavía poco numerosas porque todavía es joven. Hasta ahora se compone sobre todo de cuadros dirigentes. Pero estos cuadros son la única esperanza del porvenir revolucionario. Por fuera de ellos, no existe en el planeta una sola corriente revolucionaria que merezca realmente ese nombre. Si nuestra Internacional es todavía numéricamente débil, es fuerte por su doctrina, por su tradición, y el temple incomparable de sus cuadros dirigentes. Que esto no se vea hoy, no tiene mayor importancia. Mañana será más evidente”24.
A 70 años de su fundación, la IV Internacional no existe como organización única ni centralizada desde pocos años después de concluida la Segunda Guerra Mundial. Como señalan Albamonte y Castillo en la entrevista ya mencionada, “durante el ‘boom’, los trotskistas, cierto que en condiciones muy difíciles, fueron incapaces de reformular el marco estratégico que sostenía el Programa de Transición y mantener la continuidad revolucionaria, más allá de haber sostenido posiciones episódicamente correctas, lo que hemos denominado ‘hilos de continuidad revolucionaria’. Por el contrario, se adaptaron políticamente a los aparatos dominantes en el movimiento obrero durante los años de Yalta o a toda dirección episódica de un proceso revolucionario, disgregándose la IV Internacional en un conjunto de tendencias centristas, es decir, oscilantes entre la reforma y la revolución.
Por ello, cuando las condiciones comenzaron a cambiar, con el ascenso revolucionario iniciado en el ‘68, aunque atrajeron sectores de vanguardia nunca lograron peso para influir decisivamente en los acontecimientos ni retomaron un rumbo verdaderamente revolucionario que permitiera avanzar hacia una genuina refundación de la IV Internacional”25. Desde entonces, el movimiento obrero ha sufrido nuevas derrotas y retrocesos, favorecidas por la completa adaptación de socialdemócratas y stalinistas a la ofensiva capitalista. Muchos antiguos jerarcas de los partidos comunistas son hoy respetables políticos burgueses y antiguos altos funcionarios de la “nomenklatura” se transformaron en magnates en los países de la ex Unión Soviética. El Partido Comunista chino ha encabezado la restauración capitalista en este país. Pese a la degeneración oportunista de gran parte de las corrientes que hablan en su nombre, el trotskismo sigue siendo para las clases dominantes el “espectro de la revolución”. “Trotskista” sigue siendo hoy el nombre con el que designa a quien sigue persiguiendo el objetivo de la revolución socialista. Entre ellos nos contamos. En los últimos años, el movimiento obrero ha comenzado un lento y tortuoso proceso de recomposición subjetiva. La necesidad de contar con un instrumento revolucionario internacional como el que se propuso construir Trotsky con la fundación de la IV Internacional hace 70 años es tan aguda como en aquellos momentos. En la pelea por reconstruir-refundar la IV Internacional, el Partido Mundial de la Revolución Socialista, quienes editamos este libro esperamos sea un aporte para las nuevas generaciones de trabajadores y jóvenes que retoman estas banderas de lucha revolucionaria.
La compilación de textos fue realizada por Gabriela Liszt. Agradecemos especialmente la colaboración de Rossana Cortez a cargo de las traducciones y correcciones del francés junto a G. Liszt y Juanjo Singe y de Bárbara Funes, las correcciones del inglés. Agradecemos también especialmente la colaboración para la corrección de textos de Martín Noda, Virginia Rom, Diego Dalai, B. Funes, Verónica Zaldívar y Clara Mulet.
1 Creemos que esta reunión de materiales tampoco existe en otros idiomas.
2 Aunque no figura la fecha en la edición creemos que se realizó pocos años después de las ediciones inglesa y francesa.
3 Ver “Nosotros somos la IV Internacional” en el CD de este libro.
4 Este prefacio a la edición en afrikaan del Manifiesto Comunista fue escrito siete meses antes de la redacción definitiva del Programa de Transición, en octubre de 1937.
5 Podría decirse que así como en lo relativo al carácter permanente de la revolución, este es otro de los grandes puntos donde Trotsky retoma, actualiza y revaloriza lo planteado por Marx y Engels.
6 “El Programa de Transición”, p. 68 de este libro.
7 “La fundación de la IV Internacional”, en el CD de este libro.
8 “Nosotros somos la IV”, en el CD de este libro.
9 “Completar el programa y ponerlo en marcha”, p. 265 de este libro.
10 Ver en p. 339 de este libro.
11 Con el partido belga, el PSR, había diferencias importantes, ya que tenían una política sectaria y oportunista a la vez: sectaria en cuanto a la política hacia los sindicatos (su principal dirigente, Sneevliet, dirigía una especie de sindicatos “rojos”) y oportunista hacia partidos como el POUM que acababa de revelar todo su centrismo en la guerra civil española. En Francia, el POI y su publicación eran relativamente importantes, pero la desorganización y las peleas internas sumadas a las diferencias políticas, paralizaban su actividad constantemente. Esto se refleja en la extensa resolución de la Conferencia planteando una reorientación esencialmente hacia el movimiento obrero. Otra sección que estaba en crecimiento era la Indochina, pero su principal dirigente Ta Thu Thau se encontraba en ese momento en un campo de concentración.
12 León Trotsky, “Un gran logro”, p. 40 de este libro
13 Ver en p. 204 de este libro.
14 Así como en sus primeras elaboraciones en el Programa de lo que luego se denominará
Política Militar Proletaria frente a la guerra. Ver L. Trotsky y otros, Guerra y Revolución.
Una visión alternativa de la Segunda Guerra Mundial, Bs. As., CEIP, 2004.
15 En el CD de este libro.
16 Inicialmente, estaba previsto realizarla en octubre de 1937, pero se fue posponiendo por falta de preparación.
17 A partir de la aprobación de los estatutos, la II Conferencia de la IV Internacional (tomando en cuenta que la I del Movimiento por la IV Internacional se realizó en 1936) pasó a llamarse Congreso de fundación o I Congreso de la IV Internacional.
18 Se trata de Étienne, que luego se develaría como delator de Sedov a la GPU.
Aunque, debido a ciertas sospechas, le informaron sobre el lugar de reunión a último momento, lo que impidió que el daño fuera mayor.
19 Como dice la “Carta”, traducida para esta edición, que la Conferencia dirige a
Trotsky, frente a la imposibilidad de su asistencia. Ver en p. 60 de este libro.
20 Rivera había presentado unas tesis sobre América Latina que se habían publicado en la revista Clave.
21 Ver p. 113 de este libro.
22 Ver p. 137 de este libro.
23 Ver p. 279 de este libro.
24 “El Programa de Transición”, p. 111 de este libro.

jueves, 18 de julio de 2013

Miguel Alandia Pantoja


Las pinturas rebeldes de un muralista latinoamericano
Víctor Montoya

Semblanza del artista
Miguel Alandia Pantoja, considerado uno de los pintores bolivianos más influyentes del siglo XX, nació en Llallagua (Potosí), el 27 de mayo de 1914, y murió durante su exilio en un hospital de Lima (Perú), el 2 de octubre de 1975, tras una larga enfermedad. Ese mismo año sus restos fueron inhumados en la ciudad de La Paz; el cortejo fúnebre partió del local de la Federación de Mineros entre llantos y voces que murmullaban: “Alandia sigue vivo. Alandia es inmortal”.
Su infancia estuvo marcada por las injusticias sociales y por un ambiente familiar donde se incentivó el amor al arte y la literatura. De ahí que el olor al óleo y a la copagira fueron las sensaciones que más perduraron en su vida. No cursó estudios en academias de bellas artes, pero atesoró un talento innato que lo convirtió en un artista autodidacta, con una vocación creadora que lo llevó a escalar las cumbres más elevadas de la plástica latinoamericana.
A muy temprana edad, por influencias de su padre, tomó conciencia de los antagonismos entre la oligarquía minera y las pujantes organizaciones obreras, y no tardó mucho en asumir una filosofía revolucionaria que más tarde sería uno de los motivos centrales de su obra. Concurrió como recluta a la Guerra del Chaco, donde cayó prisionero y luego huyó al Paraguay; una experiencia que, sin embargo, le sirvió para constatar que la guerra fratricida entre Bolivia y Paraguay fue tramada por dos consorcios imperialistas que se disputaban los yacimientos petrolíferos en las tierras del Chaco Boreal, donde derramaron su sangre los soldados hambrientos y sedientos de ambos países. El pintor, como fiel exponente de su realidad, hizo también que esta amarga vivencia se reflejara de manera consciente en una parte de su producción pictórica.
El artista, a modo de asumir un compromiso más serio con las masas desposeídas, se convirtió en un activo militante trotskista del Partido Obrero Revolucionario (P.O.R.) y, durante el sexenio “rosquero”, fue uno de los fundadores de la Central Obrera Nacional, el antecedente inmediato de la Central Obrera Boliviana (COB). Su estrecho vínculo con las organizaciones obreras lo impulsó a presentarse como candidato a la diputación por la provincia Murillo de La Paz, en la planilla del Bloque Minero en las elecciones de 1947. De modo que Alandia Pantoja no sólo fue un maestro de las artes plásticas, sino también el activista político-sindical, cuyas consecuencias lo llevaron a sufrir la persecución, el destierro y, lo que es peor, la destrucción por parte de las dictaduras militares de varios de sus murales cargados de esperanza y compromiso social.
Vida y obra al servicio de la revolución
Los historiadores de arte no dudan en ubicarlo entre los pintores sociales que, como Gil Imaná, Walter Solón Romero y Lorgio Vaca, surgieron en la plástica boliviana tras el triunfo de la revolución nacionalista de 1952; una generación que, arrastrada por el realismo y la efervescencia revolucionaria, creó obras identificadas plenamente con las aspiraciones populares.
Miguel Alandia Pantoja, consciente de que toda expresión artística debe estar al servicio de las culturas populares y la revolución, no concebía el arte por el arte; al contrario, proclamaba la pintura de tesis, convencido de que era posible fusionar el pensamiento político con la sensibilidad creativa del artista. Por eso mismo, a la hora de definirlo en el contexto de la plástica boliviana, no es extraño considerarlo uno de los principales impulsores del muralismo revolucionario. No en vano él mismo dijo en una de las pocas entrevistas que concedió en vida: “El muralismo tomó mitos y leyendas populares y la vida misma de las masas mineras y campesinas en su lucha contra la vieja oligarquía minera terrateniente y mercantil, para expresar en un lenguaje plástico, remozado y rotundo el anhelo universal del hombre de nuestro tiempo: la revolución”.
El muralismo de la época de la revolución nacionalista de 1952, con sus lumbreras y sus demoliciones, no sólo estuvo vinculado a los momentos claves de la historia nacional, sino que llegó a constituir una síntesis simbólica de la cultura y el instrumento eficaz para transmitir las aspiraciones populares. Los muralistas, en su afán de poner el arte al servicio de los desposeídos, explayaron su sensibilidad creativa en avenidas, universidades, sindicatos, hospitales, centros vecinales y oficinas públicas como el Palacio de Gobierno. Miguel Alandia Pantoja, que se inicio como caricaturista, supo manejar con destreza todas las técnicas del arte pictórico, destacándose por el color, las formas y la temática. Los estudiosos clasifican su obra en dos etapas; en la primera, influenciado por el indigenismo, realizó su pintura de caballete (caricaturas, dibujos y cuadros al óleo sobre lienzo); y, en la segunda, desarrolló el figurativismo dentro del cual plasmó gran parte de su pintura mayor, con la impronta de la escuela mejicana, empleando las técnicas del fresco y el temple, el acrílico y el aserrín sobre soporte mural.
Entre 1943 y 1968, creó sobre andamios algo más de 16 murales, en aproximadamente 562 metros cuadrados; una extensa obra donde el estallido multicolor y el compromiso social son una verdadera fiesta revolucionaria, con un indiscutible valor ético y estético que, si bien mantuvo en jaque a los militares golpistas, le hicieron merecedor de elogiosos comentarios tanto dentro como fuera del país. Así, el muralista mejicano Diego Rivera, invitado por el presidente Víctor Paz Estensoro en 1953, al conocer las pinturas del artista boliviano, comentó: “El mural del Palacio de Gobierno es formidable". Cuatro años más tarde, en 1957, cuando Alandia Pantoja fue invitado a México para exhibir su pintura en el Palacio de Bellas Artes del Distrito Federal, el muralista mejicano, exaltando con vivo entusiasmo las virtudes de su colega del altiplano, declaró: “Este artista ha sabido tomar de Orozco, de Sequeiros y de mí lo mejor; su obra es un claro ejemplo de que nuestro movimiento ha trascendido hasta convertirse en el instrumento de expresión de los creadores que producen junto a su pueblo”. Asimismo, en la carta de presentación dirigida a Víctor M. Reyes, entonces jefe del Departamento de Artes Plásticas del INBA, escribió: “Quiero presentarle por medio de ésta al pintor boliviano Alandia Pantoja. Cuando viajé a su país, un mural muy importante de él en la Casa de Gobierno me entusiasmó por su calidad plástica y su contenido progresista. Y me emocionó fuertemente porque era una afirmación de que existe ya un movimiento de arte colectivista monumental en nuestro continente conectado con el nuestro”.
Los murales restaurados y destruidos
En vista de que su obra monumental es considerable, aquí sólo cabe mencionar los más importantes, como “Historia de la Medicina" (1956), un mural de 50 metros cuadrados (m2), realizado sobre tela e instalado en el auditorio del Hospital Obrero de La Paz. La serie de cinco murales sobre “El Petróleo en Bolivia” (1958), de 30 m2, que pintó en el edificio de la empresa estatal Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos. “Hacia el Mar” (1962), de 36 m2, plasmado en el edificio del Ministerio de Relaciones Exteriores y su importante mural titulado “Lucha del Pueblo por su Liberación, Reforma Educativa y Voto Universal” (1964), de aproximadamente 160 m2, que luce en el edificio del denominado Monumento a la Revolución Nacional de la plaza Villarroel, donde fue restaurado en dos ocasiones y puesto a disposición del publico en una suerte de Museo Abierto.
Algunos de sus murales, en los que se criticaba a la oligarquía minero-feudal y las Fuerzas Armadas, como es el caso de “Historia de la Mina” (1953), de 86 m2, que estaba en el salón principal del Palacio de Gobierno e “Historia del Parlamento Boliviano” (1961), de 72 m2, que estaba en el Palacio Legislativo, fueron destruidos por órdenes de la Junta Militar presidida por el dictador René Barientos Ortuño, en mayo de 1965.
Las dictaduras militares, más que con ningún otro artista boliviano, se ensañaron con la obra de Alandia Pantoja, destruyéndola sin contemplaciones. La agresión de sus enemigos llegó a tal extremo que demolieron al menos cuatro de sus murales, con algo más de 206 metros cuadrados, con imágenes de mineros y campesinos en armas, mujeres combatientes y un pueblo clamando justicia y libertad en las calles.
Cuando el 18 de septiembre de 1980 se inició la demolición del edificio de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB), que por entonces cobijaba también a la Central Obrera Boliviana (COB), los militares golpistas no tuvieron el menor reparo en deshacerse del mural titulado “Huelga y Masacre”, de 34 m2, concluido en 1954. El mural, compuesto de una serie de seis (cuatro frisos o cenefas y dos cuadros grandes), era un manifiesto de protesta contra la explotación y un homenaje a los obreros caídos en la masacre de 1949. El Coronel Luis Arce Gómez, a tiempo de impartir órdenes de derribar el edificio de la Federación de Mineros, declaró enfático: “Con la demolición de este edificio y la construcción de uno nuevo, más útil, se acaba la época del caos y la anarquía, y empieza una nueva favorable a los trabajadores que desde aquí han sido engañados permanentemente”.
Las pinturas rebeldes de Miguel Alandia Pantoja, quien jamás dudó de su compromiso social y soportó con estoicismo la destrucción de una parte de su obra, son una suerte de banderas libertarias que lo sitúan, por su magnitud y su talento, en la constelación de los monstruos del muralismo latinoamericano.
Exposiciones y actualidad del artista.
Su primera exposición de caballete se efectuó en 1937 y se presume que comenzó a crear murales a los 29 años de edad, pues el registro del primer mural data de 1943-46 y tiene la peculiaridad de ser transportable, según el catálogo de la última exposición que Alandia Pantoja realizó en Bolivia, en febrero de 1971. Otras exposiciones importantes tuvieron lugar en Buenos Aires (1945), Santiago de Chile (1947), México 1957 y 1970, Costa Rica (1957), La Habana (1959), Caracas (1959), Checoslovaquia (1964), Hungría (1964), Yugoslavia (1964), Viena (1964), Montevideo (1965) y Lima (1967). Obtuvo una Mención Honrosa en la Primera Bienal de México en 1958 y el Gran Premio Nacional de Pintura de La Paz en 1960.
Actualmente su obra está siendo restaurada y existen varias iniciativas -privadas e institucionales- para rescatar la memoria del artista y dar a conocer su obra que, de un modo magistral, se anticipó a los cambios que se están suscitando en el continente latinoamericano, cuyos sectores más desposeídos pasaron a ser los artífices de un futuro más venturoso y menos competitivo. El sueño de Miguel Alandia Pantoja, con todos los altibajos de un proceso político complejo, parece emerger de sus pinturas y plasmarse esta vez en una realidad donde él está más vivo que nunca.

miércoles, 10 de julio de 2013



C. Marx



Trabajo asalariado y capital

(1849)




Escrito: Texto de Marx, en 1849; Introducción de Engels, en 1891.
Primera Edición: "Neue Rheinische Zeitung. Organ der Demokratie" (Nueva Gaceta del Rin. Organo de la Democracia), del 5, 6, 7, 8 y 11 de abril de 1849 y en folleto aparte, bajo la redacción y con un prefacio de F. Engels, en Berlín, en 1891.
Fuente: Biblioteca Virtual Espartaco.
Esta Edición: Marxists Internet Archive, 2000.



De diversas partes se nos ha reprochado el que no hayamos expuesto las relaciones económicas que forman la base material de la lucha de clases y de las luchas nacionales de nuestros días. Sólo hemos examinado intencionadamente estas relaciones allí donde se imponían directamente en las colisiones políticas.
Tratábase, principalmente, de seguir la lucha de clases en la historia cotidiana, y demostrar empíricamente, con los materiales históricos existentes y con los que iban apareciendo todos los días, que con el sojuzgamiento de la clase obrera, protagonista de febrero y marzo, fueron vencidos, al propio tiempo, sus adversarios: en Francia, los republicanos burgueses, y en todo el continente europeo, las clases burguesas y campesinas en lucha contra el absolutismo feudal; que el triunfo de la «república honesta» en Francia fue, al mismo tiempo, la derrota de las naciones que habían respondido a la revolución de febrero con heroicas guerras de independencia; y, finalmente, que con la derrota de los obreros revolucionarios, Europa ha vuelto a caer bajo su antigua doble esclavitud: la esclavitud anglo-rusa. La batalla de junio en París, la caída de Viena, la tragicomedia del noviembre berlinés de 1848, los esfuerzos desesperados de Polonia, Italia y Hungría, el sometimiento de Irlanda por el hambre: tales fueron los acontecimientos principales en que se resumió la lucha europea de clases entre la burguesía y la clase obrera, y a través de los cuales hemos demostrado que todo levantamiento revolucionario, por muy alejada que parezca estar su meta de la lucha de clases, tiene necesariamente que fracasar mientras no triunfe la clase obrera revolucionaria, que toda reforma social no será más que una utopía mientras la revolución proletaria y la contrarrevolución feudal no midan sus armas en una guerra mundial. En nuestra descripción lo mismo que en la realidad, Bélgica y Suiza eran estampas de género, caricaturescas y tragicómicas en el gran cuadro histórico: una, el Estado modelo de la monarquía burguesa; la otra, el Estado modelo de la república burguesa, y ambas, Estados que se hacen la ilusión de estar tan libres de la, lucha de clases como de la revolución europea.
Ahora que nuestros lectores han visto ya desarrollarse la lucha de clases, durante el año 1848, en formas políticas gigantescas, ha llegado el momento de analizar más de cerca las relaciones económicas en que descansan por igual la existencia de la burguesía y su dominación de clase, así como la esclavitud de los obreros.
Expondremos en tres grandes apartados:
1) La relación entre el trabajo asalariado y el capital, la esclavitud del obrero, la dominación del capitalista.
2) La inevitable ruina, bajo el sistema actual, de las clases medias burguesas y del llamado estamento campesino.
3) El sojuzgamiento y la explotación comercial de las clases burguesas de las distintas naciones europeas por Inglaterra, el déspota del mercado mundial.
Nos esforzaremos por conseguir que nuestra exposición sea lo más sencilla y popular posible, sin dar por supuestas ni las nociones más elementales de la Economía Política. Queremos que los obreros nos entiendan. Además, en Alemania reinan una ignorancia y una confusión de conceptos verdaderamente asombrosas acerca de las relaciones económicas más simples, que van desde los defensores patentados del orden de cosas existente hasta los taumaturgos socialistas y los genios políticos incomprendidos, que en la desmembrada Alemania abundan todavía más que los «padres de la Patria».
Pasemos, pues, al primer problema:
¿Qué es el salario? ¿Cómo se determina?
Si preguntamos a los obreros qué salario perciben, uno nos contestará: «Mi burgués me paga un marco por la jornada de trabajo»; el otro: «Yo recibo dos marcos», etc. Según las distintas ramas del trabajo a que pertenezcan, nos indicarán las distintas cantidades de dinero que los burgueses respectivos les pagan por la ejecución de una tarea determinada, v.gr., por tejer una vara de lienzo o por componer un pliego de imprenta. Pero, pese a la diferencia de datos, todos coinciden en un punto: el salario es la cantidad de dinero que el capitalista paga por un determinado tiempo de trabajo o por la ejecución de una tarea determinada.
Por tanto, diríase que el capitalista les compra con dinero el trabajo de los obreros. Estos le venden por dinero su trabajo. Pero esto no es más que la apariencia. Lo que en realidad venden los obreros al capitalista por dinero es su fuerza de trabajo. El capitalista compra esta fuerza de trabajo por un día, una semana, un mes, etc. Y, una vez comprada, la consume, haciendo que los obreros trabajen durante el tiempo estipulado. Con el mismo dinero con que les compra su fuerza de trabajo, por ejemplo, con los dos marcos, el capitalista podría comprar dos libras de azúcar o una determinada cantidad de otra mercancía cualquiera. Los dos marcos con los que compra dos libras de azúcar son el precio de las dos libras de azúcar. Los dos marcos con los que compra doce horas de uso de la fuerza de trabajo son el precio de un trabajo de doce horas. La fuerza de trabajo es, pues, una mercancía, ni más ni menos que el azúcar. Aquélla se mide con el reloj, ésta, con la balanza.
Los obreros cambian su mercancía, la fuerza de trabajo, por la mercancía del capitalista, por el dinero y este cambio se realiza guardándose una determinada proporción: tanto dinero por tantas horas de uso de la fuerza de trabajo. Por tejer durante doce horas, dos marcos. Y estos dos marcos, ¿no representan todas las demás mercancías que pueden adquirirse por la misma cantidad de dinero? En realidad, el obrero ha cambiado su mercancía, la fuerza de trabajo, por otras mercancías de todo género, y siempre en una determinada proporción. Al entregar dos marcos, el capitalista le entrega, a cambio de su jornada de trabajo, la cantidad correspondiente de carne, de ropa, de leña, de luz, etc. Por tanto, los dos marcos expresan la proporción en que la fuerza de trabajo se cambia por otras mercancías, o sea el valor de cambio de la fuerza de trabajo. Ahora bien, el valor de cambio de una mercancía, expresado en dinero, es precisamente su precio. Por consiguiente, el salario no es más que un nombre especial con que se designa el precio de la fuerza de trabajo, o lo que suele llamarse precio del trabajo, el nombre especial de esa peculiar mercancía que sólo toma cuerpo en la carne y la sangre del hombre.
Tomemos un obrero cualquiera, un tejedor, por ejemplo. El capitalista le suministra el telar y el hilo. El tejedor se pone a trabajar y el hilo se convierte en lienzo. El capitalista se adueña del lienzo y lo vende en veinte marcos, por ejemplo. ¿Acaso el salario del tejedor representa una parte del lienzo, de los veinte marcos, del producto de su trabajo? Nada de eso. El tejedor recibe su salario mucho antes de venderse el lienzo, tal vez mucho antes de que haya acabado el tejido. Por tanto, el capitalista no paga este salario con el dinero que ha de obtener del lienzo, sino de un fondo de dinero que tiene en reserva. Las mercancías entregadas al tejedor a cambio de la suya, de la fuerza de trabajo, no son productos de su trabajo, del mismo modo que no lo son el telar y el hilo que el burgués le ha suministrado. Podría ocurrir que el burgués no encontrase ningún comprador para su lienzo. Podría ocurrir también que no se reembolsase con el producto de su venta ni el salario pagado. Y puede ocurrir también que lo venda muy ventajosamente, en comparación con el salario del tejedor. Al tejedor todo esto le tiene sin cuidado. El capitalista, con una parte de la fortuna de que dispone, de su capital, compra la fuerza de trabajo del tejedor, exactamente lo mismo que con otra parte de la fortuna ha comprado las materias primas —el hilo— y el instrumento de trabajo —el telar—. Una vez hechas estas compras, entre las que figura la de la fuerza de trabajo necesaria para elaborar el lienzo, el capitalista produce ya con materias primas e instrumentos de trabajo de su exclusiva pertenencia. Entre los instrumentos de trabajo va incluido también, naturalmente, nuestro buen tejedor, que participa en el producto o en el precio del producto en la misma medida que el telar; es decir, absolutamente en nada.
Por tanto, el salario no es la parte del obrero en la mercancía por él producida. El salario es la parte de la mercancía ya existente, con la que el capitalista compra una determinada cantidad de fuerza de trabajo productiva.
La fuerza de trabajo es, pues, una mercancía que su propietario, el obrero asalariado, vende al capital. ¿Para qué la vende? Para vivir.
Ahora bien, la fuerza de trabajo en acción, el trabajo mismo, es la propia actividad vital del obrero, la manifestación misma de su vida. Y esta actividad vital la vende a otro para asegurarse los medios de vida necesarios. Es decir, su actividad vital no es para él más que un medio para poder existir. Trabaja para vivir. El obrero ni siquiera considera el trabajo parte de su vida; para él es más bien un sacrificio de su vida. Es una mercancía que ha adjudicado a un tercero. Por eso el producto de su actividad no es tampoco el fin de esta actividad. Lo que el obrero produce para sí no es la seda que teje ni el oro que extrae de la mina, ni el palacio que edifica. Lo que produce para sí mismo es el salario; y la seda, el oro y el palacio se reducen para él a una determinada cantidad de medios de vida, si acaso a una chaqueta de algodón, unas monedas de cobre y un cuarto en un sótano. Y para el obrero que teje, hila, taladra, tornea, construye, cava, machaca piedras, carga, etc., por espacio de doce horas al día, ¿son estas doce horas de tejer, hilar, taladrar, tornear, construir, cavar y machacar piedras la manifestación de su vida, su vida misma? Al contrario. Para él, la vida comienza allí donde terminan estas actividades, en la mesa de su casa, en el banco de la taberna, en la cama. Las doce horas de trabajo no tienen para él sentido alguno en cuanto a tejer, hilar, taladrar, etc., sino solamente como medio para ganar el dinero que le permite sentarse a la mesa o en el banco de la taberna y meterse en la cama. Si el gusano de seda hilase para ganarse el sustento como oruga, sería un auténtico obrero asalariado. La fuerza de trabajo no ha sido siempre una mercancía. El trabajo no ha sido siempre trabajo asalariado, es decir, trabajo libre. El esclavo no vendía su fuerza de trabajo al esclavista, del mismo modo que el buey no vende su trabajo al labrador. El esclavo es vendido de una vez y para siempre, con su fuerza de trabajo, a su dueño. Es una mercancía que puede pasar de manos de un dueño a manos de otro. El es una mercancía, pero su fuerza de trabajo no es una mercancía suya. El siervo de la gleba sólo vende una parte de su fuerza de trabajo. No es él quien obtiene un salario del propietario del suelo; por el contrario, es éste, el propietario del suelo, quien percibe de él un tributo.
El siervo de la gleba es un atributo del suelo y rinde frutos al dueño de éste. En cambio, el obrero libre se vende él mismo y además, se vende en partes. Subasta 8, 10, 12, 15 horas de su vida, día tras día, entregándolas al mejor postor, al propietario de las materias primas, instrumentos de trabajo y medios de vida; es decir, al capitalista. El obrero no pertenece a ningún propietario ni está adscrito al suelo, pero las 8, 10, 12, 15 horas de su vida cotidiana pertenecen a quien se las compra. El obrero, en cuanto quiera, puede dejar al capitalista a quien se ha alquilado, y el capitalista le despide cuando se le antoja, cuando ya no le saca provecho alguno o no le saca el provecho que había calculado. Pero el obrero, cuya única fuente de ingresos es la venta de su fuerza de trabajo, no puede desprenderse de toda la clase de los compradores, es decir, de la clase de los capitalistas, sin renunciar a su existencia. No pertenece a tal o cual capitalista, sino a la clase capitalista en conjunto, y es incumbencia suya encontrar un patrono, es decir, encontrar dentro de esta clase capitalista un comprador.
Antes de pasar a examinar más de cerca la relación entre el capital y el trabajo asalariado, expondremos brevemente los factores más generales que intervienen en la determinación del salario.
El salario es, como hemos visto, el precio de una determinada mercancía, de la fuerza de trabajo. Por tanto, el salario se halla determinado por las mismas leyes que determinan el precio de cualquier otra mercancía.
Ahora bien, nos preguntamos: ¿Cómo se determina el precio de una mercancía?
 
¿Qué es lo que determina el precio de una mercancía?
Es la competencia entre compradores y vendedores, la relación entre la demanda y la oferta, entre la apetencia y la oferta. La competencia que determina el precio de una mercancía tiene tres aspectos.
La misma mercancía es ofrecida por diversos vendedores. Quien venda mercancías de igual calidad a precio más barato, puede estar seguro de que eliminará del campo de batalla a los demás vendedores y se asegurará mayor venta. Por tanto, los vendedores se disputan mutuamente la venta, el mercado. Todos quieren vender, vender lo más que puedan, y, si es posible, vender ellos solos, eliminando a los demás. Por eso unos venden más barato que otros. Tenemos, pues, una competencia entre vendedores, que abarata el precio de las mercancías puestas a la venta.
Pero hay también una competencia entre compradores, que a su vez, hace subir el precio de las mercancías puestas a la venta.
Y, finalmente, hay la competencia entre compradores y vendedores; unos quieren comprar lo más barato posible, otros vender lo más caro que puedan. El resultado de esta competencia entre compradores y vendedores dependerá de la relación existente entre los dos aspectos de la competencia mencionada más arriba; es decir, de que predomine la competencia entre las huestes de los compradores o entre las huestes de los vendedores. La industria lanza al campo de batalla a dos ejércitos contendientes, en las filas de cada uno de los cuales se libra además una batalla intestina. El ejército cuyas tropas se pegan menos entre sí es el que triunfa sobre el otro.
Supongamos que en el mercado hay 100 balas de algodón y que existen compradores para 1.000 balas. En este caso, la demanda es, como vemos, diez veces mayor que la oferta. La competencia entre los compradores será, por tanto, muy grande; todos querrán conseguir una bala, y si es posible las cien. Este ejemplo no es ninguna suposición arbitraria. En la historia del comercio hemos asistido a períodos de mala cosecha algodonera, en que unos cuantos capitalistas coligados pugnaban por comprar, no ya cien balas, sino todas las reservas de algodón de la tierra. En el caso que citamos, cada comprador procurará, por tanto, desalojar al otro, ofreciendo un precio relativamente mayor por cada bala de algodón. Los vendedores, que ven a las fuerzas del ejército enemigo empeñadas en una rabiosa lucha intestina y que tienen segura la venta de todas sus cien balas, se guardarán muy mucho de irse a las manos para hacer bajar los precios del algodón, en un momento en que sus enemigos se desviven por hacerlos subir. Se hace, pues, a escape, la paz entre las huestes de los vendedores. Estos se enfrentan como un solo hombre con los compradores, se cruzan olímpicamente de brazos. Y sus exigencias no tendrían límite si no lo tuvieran, y muy concreto, hasta las ofertas de los compradores más insistentes.
Por tanto, cuando la oferta de una mercancía es inferior a su demanda, la competencia entre los vendedores queda anulada o muy debilitada. Y en la medida en que se atenúa esta competencia, crece la competencia entablada entre los compradores. Resultado: alza más o menos considerable de los precios de las mercancías.
Con mayor frecuencia se da, como es sabido, el caso inverso, y con inversos resultados: exceso considerable de la oferta sobre la demanda; competencia desesperada entre los vendedores; falta de compradores; lanzamiento de las mercancías al malbarato.
Pero, ¿qué significa eso del alza y la baja de los precios? ¿Qué quiere decir precios altos y precios bajos? Un grano de arena es alto si se le mira al microscopio, y, comparada con una montaña. una torre resulta baja. Si el precio está determinado por la relación entre la oferta y la demanda, ¿qué es lo que determina esta relación entre la oferta y la demanda?
Preguntemos al primer burgués que nos salga al paso. No separará a meditar ni un instante, sino que, cual nuevo Alejandro Magno, cortará este nudo metafísico [1] con la tabla de multiplicar. Nos dirá: si el fabricar la mercancía que vendo me ha costado cien marcos y la vendo por 110 —pasado un año, se entiende—, esta ganancia es una ganancia moderada, honesta y decente. Si obtengo, a cambio de esta mercancía, 120, 130 marcos, será ya una ganancia alta; y si consigo hasta 200 marcos, la ganancia será extraordinaria, enorme. ¿Qué es lo que le sirve a nuestro burgués de criterio para medir la ganancia? El coste de producción de su mercancía. Si a cambio de esta mercancía obtiene una cantidad de otras mercancías cuya producción ha costado menos, pierde. Si a cambio de su mercancía obtiene una cantidad de otras mercancías cuya producción ha costado más, gana. Y calcula la baja o el alza de su ganancia por los grados que el valor de cambio de su mercancía acusa por debajo o por encima de cero, por debajo o por encima del coste de producción.
Hemos visto que la relación variable entre la oferta y la demanda lleva aparejada tan pronto el alza como la baja de los precios determina tan pronto precios altos como precios bajos. Si el precio de una mercancía sube considerablemente, porque la oferta baje o porque crezca desproporcionadamente la demanda, con ello necesariamente bajará en proporción el precio de cualquier otra mercancía, pues el precio de una mercancía no hace más que expresar en dinero la proporción en que otras mercancías se entregan a cambio de ella. Si, por ejemplo, el precio de una vara de seda sube de cinco marcos a seis, bajará el precio de la plata en relación con la seda, y asimismo disminuirá, en proporción con ella, el precio de todas las demás mercancías que sigan costando igual que antes. Para obtener la misma cantidad de seda ahora habrá que dar a cambio una cantidad mayor de aquellas otras mercancías. ¿Qué ocurrirá al subir el precio de una mercancía? Una masa de capitales afluirá a la rama industrial floreciente, y esta afluencia de capitales al campo de la industria favorecida durará hasta que arroje las ganancias normales; o más exactamente, hasta que el precio de sus productos descienda, empujado por la superproducción, por debajo del coste de producción.
Y viceversa. Si el precio de una mercancía desciende por debajo de su coste de producción, los capitales se retraerán de la producción de esta mercancía. Exceptuando el caso en que una rama industrial no corresponda ya a la época, y, por tanto, tenga que desaparecer, esta huida de los capitales irá reduciendo la producción de aquella mercancía, es decir, su oferta, hasta que corresponda a la demanda, y, por tanto, hasta que su precio vuelva a levantarse al nivel de su coste de producción, o, mejor dicho, hasta que la oferta sea inferior a la demanda; es decir, hasta que su precio rebase nuevamente su coste de producción, pues el precio corriente de una mercancía es siempre inferior o superior a su coste de producción.
Vemos que los capitales huyen o afluyen constantemente del campo de una industria al de otra. Los precios altos determinan una afluencia excesiva, y los precios bajos, una huida exagerada.
Podríamos demostrar también, desde otro punto de vista, cómo el coste de producción determina, no sólo la oferta, sino también la demanda. Pero esto nos desviaría demasiado de nuestro objetivo.
Acabamos de ver cómo las oscilaciones de la oferta y la demanda vuelven a reducir siempre el precio de una mercancía a su coste de producción. Es cierto que el precio real de una mercancía es siempre superior o inferior al coste de producción, pero el alza y la baja se compensan mutuamente, de tal modo que, dentro de un determinado período de tiempo, englobando en el cálculo el flujo y el reflujo de la industria, puede afirmarse que las mercancías se cambian unas por otras con arreglo a su coste de producción, y su precio se determina, consiguientemente, por aquél.
Esta determinación del precio por el coste de producción no debe entenderse en el sentido en que la entienden los economistas. Los economistas dicen que el precio medio de las mercancías equivale al coste de producción; que esto es la ley. Ellos consideran como obra del azar el movimiento anárquico en que el alza se nivela con la baja y ésta con el alza. Con el mismo derecho podría considerarse, como lo hacen en efecto otros economistas, que estas oscilaciones son la ley, y la determinación del precio por el coste de producción, fruto del azar. En realidad, si se las examina de cerca. se ve que estas oscilaciones acarrean las más espantosas desolaciones y son como terremotos que hacen estremecerse los fundamentos de la sociedad burguesa. son las únicas que en su curso determinan el precio por el coste de producción. El movimiento conjunto de este desorden es su orden. En el transcurso de esta anarquía industrial, en este movimiento cíclico, la concurrencia se encarga de compensar, como si dijésemos, una extravagancia con otra.
Vemos, pues, que el precio de una mercancía se determina por su coste de producción, de modo que las épocas en que el precio de esta mercancía rebasa el coste de producción se compensan con aquellas en que queda por debajo de este coste de producción, y viceversa. Claro está que esta norma no rige para un producto industrial concreto, sino solamente para la rama industrial entera. No rige tampoco, por tanto, para un solo industrial, sino únicamente para la clase entera de los industriales.
La determinación del precio por el coste de producción equivale a la determinación del precio por el tiempo de trabajo necesario para la producción de una mercancía, pues el coste de producción está formado:
1) por las materias primas y el desgaste de los instrumentos, es decir, por productos industriales cuya fabricación ha costado una determinada cantidad de jornadas de trabajo y que representan, por tanto, una determinada cantidad de tiempo de trabajo. y
2) por el trabajo directo; cuya medida es también el tiempo.
Las mismas leyes generales que regulan el precio de las mercancías en general regulan también, naturalmente, el salario, el precio del trabajo.
La remuneración del trabajo subirá o bajará según la relación entre la demanda y la oferta, según el cariz que presente la competencia entre los compradores de la fuerza de trabajo, los capitalistas, y los vendedores de la fuerza de trabajo, los obreros. A las oscilaciones de los precios de las mercancías en general les corresponden las oscilaciones del salario. Pero, dentro de estas oscilaciones, el precio del trabajo se hallará determinado por el coste de producción, por el tiempo de trabajo necesario para producir esta mercancía, que es la fuerza de trabajo.
Ahora bien, ¿cuál es el coste de producción de la fuerza de trabajo?
Es lo que cuesta sostener al obrero como tal obrero y educarlo para este oficio.
Por tanto, cuanto menos tiempo de aprendizaje exija un trabajo, menor será el coste de producción del obrero, más bajo el precio de su trabajo, su salario. En las ramas industriales que no exigen apenas tiempo de aprendizaje, bastando con la mera existencia corpórea del obrero, el coste de producción de éste se reduce casi exclusivamente a las mercancías necesarias para que aquél pueda vivir en condiciones de trabajar. Por tanto, aquí el precio de su trabajo estará determinado por el precio de los medios de vida indispensables.
Pero hay que tener presente, además, otra circunstancia.
El fabricante, al calcular su coste de producción, y con arreglo a él el precio de los productos, incluye en el cálculo el desgaste de los instrumentos de trabajo. Si una máquina le cuesta, por ejemplo, mil marcos y se desgasta totalmente en diez años, agregará cien marcos cada año al precio de las mercancías fabricadas, para, al cabo de los diez años, poder sustituir la máquina ya agotada, por otra nueva. Del mismo modo hay que incluir en el coste de producción de la fuerza de trabajo simple el coste de procreación que permite a la clase obrera estar en condiciones de multiplicarse y de reponer los obreros agotados por otros nuevos. El desgaste del obrero entra, por tanto, en los cálculos, ni más ni menos que el desgaste de las máquinas.
Por tanto, el coste de producción de la fuerza de trabajo simple se cifra siempre en los gastos de existencia y reproducción del obrero. El precio de este coste de existencia y reproducción es el que forma el salario. El salario así determinado es lo que se llama el salario mínimo. Al igual que la determinación del precio de las mercancías en general por el coste de producción, este salario mínimo no rige para el individuo, sino para la especie. Hay obreros, millones de obreros, que no ganan lo necesario para poder vivir y procrear; pero el salario de la clase obrera en conjunto se nivela, dentro de sus oscilaciones, sobre la base de este mínimo.
Ahora, después de haber puesto en claro las leyes generales que regulan el salario, al igual que el precio de cualquier otra mercancía, ya podemos entrar de un modo más concreto en nuestro tema.
El capital está formado por materias primas, instrumentos de trabajo y medios de vida de todo género que se emplean para producir nuevas materias primas, nuevos instrumentos de trabajo y nuevos medios de vida. Todas estas partes integrantes del capital son hijas del trabajo, productos del trabajo, trabajo acumulado. El trabajo acumulado que sirve de medio de nueva producción es el capital.
Así dicen los economistas.
¿Qué es un esclavo negro? Un hombre de la raza negra. Una explicación vale tanto como la otra.
Un negro es un negro. Sólo en determinadas condiciones se convierte en esclavo. Una máquina de hilar algodón es una máquina para hilar algodón. Sólo en determinadas condiciones se convierte en capital. Arrancada a estas condiciones, no tiene nada de capital, del mismo modo que el oro no es de por sí dinero, ni el azúcar el precio del azúcar.
En la producción, los hombres no actúan solamente sobre la naturaleza, sino que actúan también los unos sobre los otros. No pueden producir sin asociarse de un cierto modo, para actuar en común y establecer un intercambio de actividades. Para producir los hombres contraen determinados vínculos y relaciones, y a través de estos vínculos y relaciones sociales, y sólo a través de ellos, es cómo se relacionan con la naturaleza y cómo se efectúa la producción.
Estas relaciones sociales que contraen los productores entre sí, las condiciones en que intercambian sus actividades y toman parte en el proceso conJunto de la producción variarán, naturalmente según el carácter de los medios de producción. Con la invención de un nuevo instrumento de guerra, el arma de fuego, hubo de cambiar forzosamente toda la organización interna de los ejércitos. cambiaron las relaciones dentro de las cuales formaban los individuos un ejército y podían actuar como tal, y cambió también la relación entre los distintos ejércitos.
Las relaciones sociales en las que los individuos producen, las relaciones sociales de producción, cambian, por tanto, se transforman, al cambiar y desarrollarse los medios materiales de producción, las fuerzas productivas. Las relaciones de producción forman en conjunto lo que se llaman las relaciones sociales, la sociedad, y concretamente, una sociedad con un determinado grado de desarrollo histórico, una sociedad de carácter peculiar y distintivo. La sociedad antigua, la sociedad feudal, la sociedad burguesa, son otros tantos conjuntos de relaciones de producción, cada uno de los cuales representa, a la vez, un grado especial de desarrollo en la historia de la humanidad.
También el capital es una relación social de producción. Es una relación burguesa de producción, una relación de producción de la sociedad burguesa. Los medios de vida, los instrumentos de trabajo, las materias primas que componen el capital, ¿no han sido producidos y acumulados bajo condiciones sociales dadas, en determinadas relaciones sociales? ¿No se emplean para un nuevo proceso de producción bajo condiciones sociales dadas, en determinadas relaciones sociales? ¿Y no es precisamente este carácter social determinado el que convierte en capital los productos destinados a la nueva producción?
El capital no se compone solamente de medios de vida, instrumentos de trabajo y materias primas, no se compone solamente de productos materiales; se compone igualmente de valores de cambio. Todos los productos que lo integran son mercancías. El capital no es, pues, solamente una suma de productos materiales; es una suma de mercancías, de valores de cambio, de magnitudes sociales.
El capital sigue siendo el mismo, aunque sustituyamos la lana por algodón, el trigo por arroz, los ferrocarriles por vapores, a condición de que el algodón, el arroz y los vapores —el cuerpo del capital— tengan el mismo valor de cambio, el mismo precio que la lana, el trigo y los ferrocarriles en que antes se encarnaba. El cuerpo del capital es susceptible de cambiar constantemente, sin que por eso sufra el capital la menor alteración.
Pero, si todo capital es una suma de mercancías, es decir, de valores de cambio, no toda suma de mercancías, de valores de cambio, es capital.
Toda suma de valores de cambio es un valor de cambio. Todo valor de cambio concreto es una suma de valores de cambio. Por ejemplo, una casa que vale mil marcos es un valor de cambio de mil marcos. Una hoja de papel que valga un pfennig, es una suma de valores de cambio de fennig.
Los productos susceptibles de ser cambiados por otros productos son mercancías. La proporción concreta en que pueden cambiarse constituye su valor de cambio, o, si se expresa en dinero, su precio. La cantidad de estos productos no altera para nada su destino de mercancías, de ser un valor de cambio o de tener un determinado precio. Sea grande o pequeño, un árbol es siempre un árbol. Por el hecho de cambiar hierro por otros productos en medias onzas o en quintales, ¿cambia su carácter de mercancía, de valor de cambio? Lo único que hace el volumen es dar a una mercancía mayor o menor valor, un precio más alto o más bajo.
Ahora bien, ¿cómo se convierte en capital una suma de mercancías, de valores de cambio?
Por el hecho de que, en cuanto fuerza social independiente, es decir, en cuanto fuerza en poder de una parte de la sociedad, se conserva y aumenta por medio del intercambio con la fuerza de trabajo inmediata, viva. La existencia de una clase que no posee nada más que su capacidad de trabajo es una premisa necesaria para que exista el capital.
Sólo el dominio del trabajo acumulado, pretérito, materializado sobre el trabajo inmediato, vivo, convierte el trabajo acumulado en capital.
El capital no consiste en que el trabajo acumulado sirva al trabajo vivo como medio para nueva producción. Consiste en que el trabajo vivo sirva al trabajo acumulado como medio para conservar y aumentar su valor de cambio.
¿Qué acontece en el intercambio entre el capitalista y el obrero asalariado?
El obrero obtiene a cambio de su fuerza de trabajo medios de vida, pero, a cambio de estos medios de vida de su propiedad, el capitalista adquiere trabajo, la actividad productiva del obrero, la fuerza creadora con la cual el obrero no sólo repone lo que consume, sino que da al trabajo acumulado un mayor valor del que antes poseía. El obrero recibe del capitalista una parte de los medios de vida existentes. ¿Para qué le sirven estos medios de vida? Para su consumo inmediato. Pero, al consumir los medios de vida de que dispongo, los pierdo irreparablemente, a no ser que emplee el tiempo durante el cual me mantienen estos medios de vida en producir otros, en crear con mi trabajo, mientras los consumo, en vez de los valores destruidos al consumirlos, otros nuevos. Pero esta noble fuerza reproductiva del trabajo es precisamente la que el obrero cede al capital, a cambio de los medios de vida que éste le entrega. Al cederla, se queda, pues, sin ella.
Pongamos un ejemplo. Un granjero abona a su jornalero cinco silbergroschen por día. Por los cinco silbergroschen el jornalero trabaja la tierra del granjero durante un día entero, asegurándole con su trabajo un ingreso de diez silbergroschen. El granjero no sólo recobra los valores que cede al jornalero, sino que los duplica. Por tanto, invierte, consume de un modo fecundo, productivo. los cinco silbergroschen que paga al jornalero. Por estos cinco silbergroschen compra precisamente el trabajo y la fuerza del jornalero, que crean productos del campo por el doble de valor y convierten los cinco silbergroschen en diez. En cambio, el jornalero obtiene en vez de su fuerza productiva, cuyos frutos ha cedido al granjero, cinco silbergroschen, que cambia por medios de vida, los cuales se han consumido de dos modos: reproductivamente para el capital, puesto que éste los cambia por una fuerza de trabajo [*] que produce diez silbergroschen; improductivamente para el obrero, pues los cambia por medios de vida que desaparecen para siempre y cuyo valor sólo puede recobrar repitiendo el cambio anterior con el granjero. Por consiguiente, el capital presupone el trabajo asalariado, y éste, el capital. Ambos se condicionan y se engendran recíprocamente.
Un obrero de una fábrica algodonera ¿produce solamente tejidos de algodón? No, produce capital. Produce valores que sirven de nuevo para mandar sobre su trabajo y crear, por medio de éste, nuevos valores.
El capital sólo puede aumentar cambiándose por fuerza de trabajo, engendrando el trabajo asalariado. Y la fuerza de trabajo del obrero asalariado sólo puede cambiarse por capital acrecentándolo, fortaleciendo la potencia de que es esclava. El aumento del capital es, por tanto, aumento del proletariado, es decir, de la clase obrera.
El interés del capitalista y del obrero es, por consiguiente, el mismo, afirman los burgueses y sus economistas. En efecto, el obrero perece si el capital no le da empleo. El capital perece si no explota la fuerza de trabajo, y, para explotarla, tiene que comprarla. Cuanto más velozmente crece el capital destinado a la producción, el capital productivo, y, por consiguiente, cuanto más próspera es la industria, cuanto más se enriquece la burguesía, cuanto mejor marchan los negocios, más obreros necesita el capitalista y más caro se vende el obrero.
Por consiguiente, la condición imprescindible para que la situación del obrero sea tolerable es que crezca con la mayor rapidez posible el capital productivo.
Pero, ¿qué significa el crecimiento del capital productivo? Significa el crecimiento del poder del trabajo acumulado sobre el trabajo vivo. El aumento de la dominación de la burguesía sobre la clase obrera. Cuando el trabajo asalariado produce la riqueza extraña que le domina, la potencia enemiga suya, el capital, refluyen a él, emanados de éste, medios de trabajo, es decir, medios de vida, a condición de que se convierta de nuevo en parte integrante del capital, en palanca que le haga crecer de nuevo con ritmo acelerado
Decir que los intereses del capital y los intereses de los obreros son los mismos, equivale simplemente a decir que el capital y el trabajo asalariado son dos aspectos de una misma relación. El uno se halla condicionado por el otro, como el usurero por el derrochador, y viceversa.
Mientras el obrero asalariado es obrero asalariado, su suerte depende del capital. He ahí la tan cacareada comunidad de intereses entre el obrero y el capitalista.
Al crecer el capital, crece la masa del trabajo asalariado, crece el número de obreros asalariados; en una palabra, la dominación del capital se extiende a una masa mayor de individuos. Y, suponiendo el caso más favorable: al crecer el capital productivo, crece la demanda de trabajo y crece también, por tanto, el precio del trabajo, el salario.
Sea grande o pequeña una casa, mientras las que la rodean son también pequeñas cumple todas las exigencias sociales de una vivienda, pero, si junto a una casa pequeña surge un palacio, la que hasta entonces era casa se encoge hasta quedar convertida en una choza. La casa pequeña indica ahora que su morador no tiene exigencias, o las tiene muy reducidas; y, por mucho que, en el transcurso de la civilización, su casa gane en altura, si el palacio vecino sigue creciendo en la misma o incluso en mayor proporción, el habitante de la casa relativamente pequeña se irá sintiendo cada vez más desazonado, más descontento, más agobiado entre sus cuatro paredes.
Un aumento sensible del salario presupone un crecimiento veloz del capital productivo. A su vez, este veloz crecimiento del capital productivo provoca un desarrollo no menos veloz de riquezas, de lujo, de necesidades y goces sociales. Por tanto, aunque los goces del obrero hayan aumentado, la satisfacción social que producen es ahora menor, comparada con los goces mayores del capitalista, inasequibles para el obrero, y con el nivel de desarrollo de la sociedad en general. Nuestras necesidades y nuestros goces tienen su fuente en la sociedad y los medimos, consiguientemente, por ella, y no por los objetos con que los satisfacemos. Y como tienen carácter social, son siempre relativos.
El salario no se determina solamente, en general, por la cantidad de mercancías que pueden obtenerse a cambio de él. Encierra diferentes relaciones.
Lo que el obrero percibe, en primer término, por su fuerza de trabajo, es una determinada cantidad de dinero. ¿Acaso el salario se halla determinado exclusivamente por este precio en dinero?
En el siglo XVI, a consecuencia del descubrimiento en América de minas más ricas y más fáciles de explotar, aumentó el volumen de oro y plata que circulaba en Europa. El valor del oro y la plata bajó, por tanto, en relación con las demás mercancías. Los obreros seguían cobrando por su fuerza de trabajo la misma cantidad de plata acuñada. El precio en dinero de su trabajo seguía siendo el mismo, y, sin embargo, su salario había disminuido, pues a cambio de esta cantidad de plata, obtenían ahora una cantidad menor de otras mercancías. Fue ésta una de las circunstancias que fomentaron el incremento del capital y, el auge de la burguesía en el siglo XVI.
Tomemos otro caso. En el invierno de 1847, a consecuencia de una mala cosecha, subieron considerablemente los precios de los artículos de primera necesidad: el trigo, la carne, la mantequilla, el queso, etc. Suponiendo que los obreros hubiesen seguido cobrando por su fuerza de trabajo la misma cantidad de dinero que antes, ¿no habrían disminuido sus salarios? Indudablemente. A cambio de la misma cantidad de dinero obtenían menos pan, menos carne, etc. Sus salarios bajaron, no porque hubiese disminuido el valor de la plata, sino porque aumentó el valor de los víveres.
Finalmente, supongamos que la expresión monetaria del precio del trabajo siga siendo el mismo, mientras que todas las mercancías agrícolas y manufacturadas bajan de precio, merced a la aplicación de nueva maquinaria, a la estación más favorable, etc. Ahora, por el mismo dinero los obreros podrán comprar más mercancías de todas clases. Su salario, por tanto, habrá aumentado, precisamente por no haberse alterado su valor en dinero.
Como vemos, la expresión monetaria del precio del trabajo, el salario nominal, no coincide con el salario real, es decir, con la cantidad de mercancías que se obtienen realmente a cambio del salario. Por consiguiente, cuando hablamos del alza o de la baja del salario. no debemos fijarnos solamente en la expresión monetaria del precio del trabajo, en el salario nominal.
Pero, ni el salario nominal, es decir, la suma de dinero por la que el obrero se vende al capitalista, ni el salario real, o sea, la cantidad de mercancías que puede comprar con este dinero, agotan las relaciones que encierra el salario.
El salario se halla determinado, además y sobre todo, por su relación con la ganancia, con el beneficio obtenido por el capitalista: es un salario relativo, proporcional.
El salario real expresa el precio del trabajo en relación con el precio de las demás mercancías; el salario relativo acusa, por el contrario, la parte del nuevo valor creado por el trabajo, que percibe el trabajo directo, en proporción a la parte del valor que se incorpora al trabajo acumulado, es decir, al capital.
Decíamos más arriba, en la pág. 14: «El salario no es la parte del obrero en la mercancía por él producida. El salario es la parte de la mercancía ya existente, con la que el capitalista compra una determinada cantidad de fuerza de trabajo productiva. Pero el capitalista tiene que reponer nuevamente este salario, incluyéndolo en el precio por el que vende el producto creado por el obrero; y tiene que reponerlo de tal modo, que, después de cubrir el coste de producción desembolsado, le quede además, por regla general, un remanente, una ganancia. El precio de venta de la mercancía producida por el obrero se divide para el capitalista en tres partes: la primera, para reponer el precio desembolsado en comprar materias primas, así como para reponer el desgaste de las herramientas, máquinas y otros instrumentos de trabajo adelantados por él; la segunda, para reponer los salarios por él adelantados, y la tercera, el remanente que queda después de saldar las dos partes anteriores, la ganancia del capitalista. Mientras que la primera parte se limita a reponer valores que ya existían, es evidente que tanto la suma destinada a reembolsar los salarios abonados como el remanente que forma la ganancia del capitalista salen en su totalidad del nuevo valor creado por el trabajo del obrero y añadido a las materias primas. En este sentido, podemos considerar tanto el salario como la ganancia, para compararlos entre sí, como partes del producto del obrero.
Puede ocurrir que el salario real continúe siendo el mismo e incluso que aumente, y, no obstante, disminuya el salario relativo. Supongamos, por ejemplo, que el precio de todos los medios de vida baja en dos terceras partes, mientras que el salario diario sólo disminuye en un tercio, de tres marcos a dos, v. gr. Aunque el obrero, con estos dos marcos, podrá comprar una cantidad mayor de mercancías que antes con tres, su salario habrá disminuido, en relación con la ganancia obtenida por el capitalista. La ganancia del capitalista (por ejemplo, del fabricante) ha aumentado en un marco; es decir, que ahora el obrero, por una cantidad menor de valores de cambio, que el capitalista le entrega, tiene que producir una cantidad mayor de estos mismos valores. La parte obtenida por el capital aumenta en comparación con la del trabajo. La distribución de la riqueza social entre el capital y el trabajo es ahora todavía más desigual que antes. El capitalista manda con el mismo capital sobre una cantidad mayor de trabajo. El poder de la clase de los capitalistas sobre la clase obrera ha crecido, la situación social del obrero ha empeorado, ha descendido un grado más en comparación con la del capitalista .
¿Cuál es la ley general que rige el alza y la baja del salario y la ganancia, en sus relaciones mutuas?
Se hallan en razón inversa. La parte de que se apropia el capital, la ganancia, aumenta en la misma proporción en que disminuye la parte que le toca al trabajo, el salario, y viceversa. La ganancia aumenta en la medida en que disminuye el salario y disminuye en la medida en que éste aumenta.
Se objetará acaso que el capital puede obtener ganancia cambiando ventajosamente sus productos con otros capitalistas, cuando aumenta la demanda de su mercancía, sea mediante la apertura de nuevos mercados, sea al aumentar momentáneamente las necesidades en los mercados antiguos. etc.; que, por tanto. las ganancias de un capitalista pueden aumentar a costa de otros capitalistas, independientemente del alza o baja del salario, del valor de cambio de la fuerza de trabajo; que las ganancias del capitalista pueden aumentar también mediante el perfeccionamiento de los instrumentos de trabajo, la nueva aplicación de las fuerzas naturales, etc.
En primer lugar, se reconocerá que el resultado sigue siendo el mismo, aunque se alcance por un camino inverso. Es cierto que la ganancia no habrá aumentado porque haya disminuido el salario. pero el salario habrá disminuido por haber aumentado la ganancia. Con la misma cantidad de trabajo ajeno, el capitalista compra ahora una suma mayor de valores de cambio, sin que por ello pague el trabajo más caro; es decir, que el trabajo resulta peor remunerado, en relación con los ingresos netos que arroja para el capitalista.
Además, recordamos que, pese a las oscilaciones de los precios de las mercancías, el precio medio de cada mercancía, la proporción en que se cambia por otras mercancías, se determina por su coste de producción. Por tanto, los lucros conseguidos por unos capitalistas a costa de otros dentro de la clase capitalista se nivelan necesariamente entre sí. El perfeccionamiento de la maquinaria, la nueva aplicación de las fuerzas naturales al servicio de la producción, permiten crear en un tiempo de trabajo dado y con la misma cantidad de trabajo y capital una masa mayor de productos, pero no, ni mucho menos, una masa mayor de valores de cambio. Si la aplicación de la máquina de hilar me permite fabricar en una hora el doble de hilado que antes de su invención, por ejemplo, cien libras en vez de cincuenta, a cambio de estas cien libras de hilado no obtendré a la larga más mercancías que antes a cambio de las cincuenta, porque el coste de producción se ha reducido a la mitad o porque, ahora, con el mismo coste puedo fabricar el doble del producto.
Finalmente, cualquiera que sea la proporción en que la clase capitalista, la burguesía, bien la de un solo país o la del mercado mundial entero, se reparta los ingresos netos de la producción, la suma global de estos ingresos netos no será nunca otra cosa que la suma en que el trabajo vivo incrementa en bloque el trabajo acumulado. Por tanto, esta suma global crece en la proporción en que el trabajo incrementa el capital; es decir, en la proporción en que crece la ganancia, en comparación con el salario.
Vemos, pues, que, aunque nos circunscribimos a las relaciones entre el capital y el trabajo asalariado, los intereses del trabajo asalariado y los del capital son diametralmente opuestos.
Un aumento rápido del capital equivale a un rápido aumento de la ganancia. La ganancia sólo puede crecer rápidamente si el precio del trabajo, el salario relativo, disminuye con la misma rapidez. El salario relativo puede disminuir aunque aumente el salario real simultáneamente con el salario nominal, con la expresión monetaria del valor del trabajo, siempre que éstos no suban en la misma proporción que la ganancia. Si, por ejemplo, en una época de buenos negocios, el salario aumenta en un cinco por ciento y la ganancia en un treinta por ciento, el salario relativo, proporcional, no habrá aumentado, sino disminuido.
Por tanto, si, con el rápido incremento del capital, aumentan los ingresos del obrero, al mismo tiempo se ahonda el abismo social que separa al obrero del capitalista, y crece, a la par, el poder del capital sobre el trabajo, la dependencia de éste con respecto al capital.
Decir que el obrero está interesado en el rápido incremento del capital, sólo significa que cuanto más aprisa incrementa el obrero la riqueza ajena, más sabrosas migajas le caen para él, más obreros pueden encontrar empleo y ser echados al mundo, más puede crecer la masa de los esclavos sujetos al capital.
Hemos visto, pues:
Que, incluso la situación más favorable para la clase obrera, el incremento más rápido posible del capital, por mucho que mejore la vida material del obrero, no suprime el antagonismo entre sus intereses y los intereses del burgués, los intereses del capitalista. Ganancia y salario seguirán hallándose, exactamente lo mismo que antes, en razón inversa.
Que si el capital crece rápidamente, pueden aumentar también los salarios, pero que aumentarán con rapidez incomparablemente mayor las ganancias del capitalista. La situación material del obrero habrá mejorado, pero a costa de su situación social. El abismo social que le separa del capitalista se habrá ahondado.
Y, finalmente:
Que el decir que la condición más favorable para el trabajo asalariado es el incremento más rápido posible del capital productivo, sólo significa que cuanto más rápidamente la clase obrera aumenta y acrecienta el poder enemigo, la riqueza ajena que la domina, tanto mejores serán las condiciones en que podrá seguir laborando por el incremento de la riqueza burguesa, por el acrecentamiento del poder del capital, contenta con forjar ella misma las cadenas de oro con las que le arrastra a remolque la burguesía.
El incremento del capital productivo y el aumento del salario, ¿son realmente dos cosas tan inseparablemente enlazadas como afirman los economistas burgueses? No debemos creerles simplemente de palabra. No debemos siquiera creerles que cuanto más engorde el capital, mejor cebado estará el esclavo. La burguesía es demasiado instruida. demasiado calculadora, para compartir los prejuicios del señor feudal, que alardeaba con el brillo de sus servidores. Las condiciones de existencia de la burguesía la obligan a ser calculadora.
Deberemos, pues, investigar más de cerca lo siguiente: ¿Cómo influye el crecimiento del capital productivo sobre el salario?
Si crece el capital productivo de la sociedad burguesa en bloque, se produce una acumulación más multilateral de trabajo. Crece el número y el volumen de capitales. El aumento del número de capitales hace aumentar la concurrencia entre los capitalistas. El mayor volumen de los capitales permite lanzar al campo de batalla industrial ejércitos obreros más potentes, con armas de guerra más gigantescas.
Sólo vendiendo más barato pueden unos capitalistas desalojar a otros y conquistar sus capitales. Para poder vender más barato sin arruinarse, tienen que producir mas barato; es decir, aumentar todo lo posible la fuerza productiva del trabajo. Y lo que sobre todo aumenta esta fuerza productiva es una mayor división del trabajo, la aplicación en mayor escala y el constante perfeccionamiento de la maquinaria. Cuanto mayor es el ejército de obreros entre los que se divide el trabajo, cuanto más gigantesca es la escala en que se aplica la maquinaria, más disminuye relativamente el coste de producción, más fecundo se hace el trabajo. De aquí que entre los capitalistas se desarrolle una rivalidad en todos los aspectos para incrementar la división del trabajo y la maquinaria y explotarlos en la mayor escala posible.
Si un capitalista, mediante una mayor división del trabajo, empleando y perfeccionando nuevas máquinas, explotando de un modo más provechoso y más extenso las fuerzas naturales. encuentra los medios para fabricar, con la misma cantidad de trabajo o de trabajo acumulado, una suma mayor de productos, de mercancías, que sus competidores; si, por ejemplo, en el mismo tiempo de trabajo en que sus competidores tejen media vara de lienzo. él produce una vara entera, ¿cómo procederá este capitalista?
Podría seguir vendiendo la media vara de lienzo al mismo precio a que venía cotizándose anteriormente en el mercado, pero esto no sería el medio más adecuado para desalojar a sus adversarios de la liza y extender sus propias ventas. Sin embargo, en la misma medida en que se dilata su producción, se dilata para él la necesidad de mercado. Los medios de producción, más potentes y más costosos que ha puesto en pie, le permiten vender su mercancía mas barata, pero al mismo tiempo le obligan a vender más mercancías, a conquistar para éstas un mercado incomparablemente mayor; por tanto, nuestro capitalista venderá la media vara de lienzo más barata que sus competidores.
Pero, el capitalista no venderá una vara entera de lienzo por el mismo precio a que sus competidores venden la media vara, aunque a él la producción de una vara no le cueste más que a los otros la media. Si lo hiciese así, no obtendría ninguna ganancia extraordinaria; sólo recobraría por el trueque el coste de producción. Por tanto, aunque obtuviese ingresos mayores, éstos provendrían de haber puesto en movimiento un capital mayor, pero no de haber logrado que su capital aumentase más que los otros. Además, el fin que persigue, lo alcanza fijando el precio de su mercancía tan sólo unos puntos más bajo que sus competidores. Bajando el precio, los desaloja y les arrebata por lo menos una parte del mercado. Y, finalmente, recordamos que el precio corriente es siempre superior o inferior al coste de producción, según que la venta de una mercancía coincida con la temporada favorable o desfavorable de una rama industrial. Los puntos que el capitalista, que aplica nuevos y más fecundos medios de producción, puede añadir a su coste real de producción, al fijar el precio de su mercancía, dependerán de que el precio de una vara de lienzo en el mercado sea superior o inferior a su anterior coste habitual de producción.
Pero el privilegio de nuestro capitalista no es de larga duración; otros capitalistas, en competencia con él, pasan a emplear las mismas máquinas, la misma división del trabajo y en una escala igual o mayor, hasta que esta innovación acaba por generalizarse tanto, que el precio del lienzo queda por debajo, no ya del antiguo, sino incluso de su nuevo coste de producción.
Los capitalistas vuelven a encontrarse, pues, unos frente a otros, en la misma situación en que se encontraban antes de emplear los nuevos medios de producción; y si, con estos medios, podían suministrar por el mismo precio el doble de producto que antes, ahora se ven obligados a entregar el doble de producto por menos del precio antiguo. Y comienza la misma historia, sobre la base de este nuevo coste de producción. Más división del trabajo, más maquinaria en una escala mayor. Y la competencia vuelve a reaccionar, exactamente igual que antes, contra este resultado.
Vemos, pues, cómo se subvierten, se revolucionan incesantemente el modo de producción y los medios de producción, cómo la división del trabajo acarrea necesariamente otra división mayor del trabajo, la aplicación de la maquinaria, otra aplicación mayor de la maquinaria, la producción en gran escala, una producción en otra escala mayor.
Tal es la ley que saca constantemente de su viejo cauce a la producción burguesa y obliga al capital a tener constantemente en tensión las fuerzas productivas del trabajo, por haberlas puesto antes en tensión; la ley que no le deja punto de sosiego y le susurra incesantemente al oído: ¡Adelante! ¡Adelante!
Esta ley no es sino la que, dentro de las oscilaciones de los períodos comerciales, nivela necesariamente el precio de una mercancía con su coste de producción.
Por potentes que sean los medios de producción que un capitalista arroja a la liza, la concurrencia se encargará de generalizar el empleo de estos medios de producción, y, a partir del momento en que se hayan generalizado, el único fruto de la mayor fecundidad de su capital es que ahora tendrá que dar por el mismo precio diez, veinte, cien veces más producto que antes. Pero como, para compensar con la cantidad mayor del producto vendido el precio más bajo de venta, tendrá que vender acaso mil veces más, porque ahora necesita una venta en masa, no sólo para ganar más, sino para reponer el coste de producción, ya que los propios instrumentos de producción van siendo, como hemos visto, cada vez más caros, y como esta venta en masa no es una cuestión vital solamente para él, sino también para sus rivales, la vieja contienda se desencadena con tanta mayor violencia cuanto más fecundos son los medios de producción ya inventados. Por tanto, la división del trabajo y la aplicación de maquinaria seguirán desarrollándose de nuevo, en una escala incomparablemente mayor.
Cualquiera que sea la potencia de los medios de producción empleados, la competencia procura arrebatar al capital los frutos de oro de esta potencia, reduciendo el precio de las mercancías al coste de producción, y, por tanto, convirtiendo en una ley imperativa el que en la medida en que pueda producirse más barato, es decir, en que pueda producirse más con la misma cantidad de trabajo, haya que abaratar la producción, que suministrar cantidades cada vez mayores de productos por el mismo precio. Por donde el capitalista, como fruto de sus propios desvelos, sólo saldría ganando la obligación de rendir más en el mismo tiempo de trabajo; en una palabra, condiciones más difíciles para el aumento del valor de su capital. Por tanto, mientras que la concurrencia le persigue constantemente con su ley del coste de producción, y todas las armas que forja contra sus rivales se vuelven contra él mismo, el capitalista se esfuerza por burlar constantemente la competencia empleando sin descanso, en lugar de las antiguas, nuevas máquinas, que, aunque más costosas, producen más barato e implantando nuevas divisiones del trabajo en sustitución de las antiguas, sin esperar a que la competencia haga envejecer los nuevos medios.
Representémonos esta agitación febril proyectada al mismo tiempo sobre todo el mercado mundial, y nos formaremos una idea de cómo el incremento, la acumulación y concentración del capital trae consigo una división del trabajo, una aplicación de maquinaria nueva y un perfeccionamiento de la antigua en una carrera atropellada e ininterrumpida, en escala cada vez más gigantesca.
Ahora bien, ¿cómo influyen estos factores, inseparables del incremento del capital productivo, en la determinación del salario?
Una mayor división del trabajo permite a un obrero realizar el trabajo de cinco, diez o veinte; aumenta, por tanto, la competencia entre los obreros en cinco, diez o veinte veces. Los obreros no sólo compiten entre sí vendiéndose unos más barato que otros, sino que compiten también cuando uno solo realiza el trabajo de cinco, diez o veinte; y la división del trabajo, implantada y constantemente reforzada por el capital, obliga a los obreros a hacerse esta clase de competencia.
Además, en la medida en que aumenta la división del trabajo, éste se simplifica. La pericia especial del obrero no sirve ya de nada. Se le convierte en una fuerza productiva simple y monótona, que no necesita poner en juego ningún recurso físico ni espiritual. Su trabajo es ya un trabajo asequible a cualquiera. Esto hace que afluyan de todas partes competidores; y, además, recordamos que cuanto más sencillo y más fácil de aprender es un trabajo, cuanto menor coste de producción supone el asimilárselo, más disminuye el salario, ya que éste se halla determinado, como el precio de toda mercancía, por el coste de producción.
Por tanto, a medida que el trabajo va haciéndose más desagradable, más repelente, aumenta la competencia y disminuye el salario. El obrero se esfuerza por sacar a flote el volumen de su salario trabajando más; ya sea trabajando más horas al día o produciendo más en cada hora. Es decir, que, acuciado por la necesidad, acentúa todavía más los fatales efectos de la división del trabajo. El resultado es que, cuanto más trabaja, menos jornal gana; por la sencilla razón de que en la misma medida hace la competencia a sus compañeros, y convierte a éstos, por consiguiente, en otros tantos competidores suyos, que se ofrecen al patrono en condiciones tan malas como él; es decir, porque, en última instancia, se hace la competencia a sí mismo, en cuanto miembro de la clase obrera.
La maquinaria produce los mismos efectos en una escala mucho mayor, al sustituir los obreros diestros por obreros inexpertos, los hombres por mujeres, los adultos por niños, y porque, además, la maquinaria, dondequiera que se implante por primera vez, lanza al arroyo a masas enteras de obreros manuales, y, donde se la perfecciona, se la mejora o se la sustituye por máquinas más productivas, va desalojando a ;los obreros en pequeños pelotones. Más arriba, hemos descrito a grandes rasgos la guerra industrial de unos capitalistas con otros. Esta guerra presenta la particularidad de que en ella las batallas no se ganan tanto enrolando a ejércitos obreros, como licenciándolos. Los generales, los capitalistas rivalizan a ver quién licencia más soldados industriales.
Los economistas nos dicen, ciertamente, que los obreros a quienes la maquinaria hace innecesarios encuentran nuevas ramas en que trabajar.
No se atreven a afirmar directamente que los mismos obreros desalojados encuentran empleo en nuevas ramas de trabajo, pues los hechos hablan demasiado alto en contra de esta mentira. Sólo afirman, en realidad, que se abren nuevas posibilidades de trabajo para otros sectores de la clase obrera; por ejemplo, para aquella parte de la generación obrera juvenil que estaba ya preparada para ingresar en la rama industrial desaparecida. Es, naturalmente, un gran consuelo para los obreros eliminados. A los señores capitalistas no les faltarán carne y sangre fresca explotables y dejarán que los muertos entierren a sus muertos. Pero esto servirá de consuelo más a los propios burgueses que a los obreros. Si la maquinaria destruyese íntegra la clase de los obreros asalariados, ¡que espantoso sería esto para el capital, que sin trabajo asalariado dejaría de ser capital!
Pero, supongamos que los obreros directamente desalojados del trabajo por la maquinaria y toda la parte de la nueva generación que aguarda la posibilidad de colocarse en la misma rama encuentren nuevo empleo. ¿Se cree que por este nuevo trabajo se les habría de pagar tanto como por el que perdieron? Esto estaría en contradicción con todas las leyes de la economía. Ya hemos visto cómo la industria moderna lleva siempre consigo la sustitución del trabajo complejo y superior por otro más simple y de orden inferior.
¿Cómo, pues, una masa de obreros expulsados por la maquinaria de una rama industrial va a encontrar refugio en otra, a no ser con salarios más bajos, peores?
Se ha querido aducir como una excepción a los obreros que trabajan directamente en la fabricación de maquinaria. Visto que la industria exige y consume más maquinaria, se nos dice, las máquinas tienen, necesariamente, que aumentar, y con ellas su fabricación, y, por tanto, los obreros empleados en la fabricación de la maquinaria; además, los obreros que trabajan en esta rama industrial son obreros expertos, incluso instruidos.
Desde el año 1840, esta afirmación, que ya antes sólo era exacta a medias, ha perdido toda apariencia de verdad, pues en la fabricación de maquinaria se emplean cada vez en mayor escala máquinas, ni más ni menos que para la fabricación de hilo de algodón, y los obreros que trabajan en las fábricas de maquinaria sólo pueden desempeñar el papel de máquinas extremadamente imperfectas, al lado de las complicadísimas que se utilizan.
Pero, ¡en vez del hombre adulto desalojado por la máquina, la fábrica da empleo tal vez a tres niños y a una mujer! ¿Y acaso el salario del hombre no tenía que bastar para sostener a los tres niños y a la mujer? ¿No tenía que bastar el salario mínimo para conservar y multiplicar el género? ¿Qué prueba, entonces, este favorito tópico burgués? Prueba únicamente que hoy, para pagar el sustento de una familia obrera, la industria consume cuatro vidas obreras por una que consumía antes.
Resumiendo: cuanto más crece el capital productivo, mas se extiende la división del trabajo y la aplicación de maquinaria. Y cuanto más se extiende la división del trabajo y la aplicación de la maquinaria, más se acentúa la competencia entre los obreros y más se reduce su salario.
Además, la clase obrera se recluta también entre capas más altas de la sociedad. Hacia ella va descendiendo una masa de pequeños industriales y pequeños rentistas, para quienes lo más urgente es ofrecer sus brazos junto a los brazos de los obreros. Y así, el bosque de brazos que se extienden y piden trabajo es cada vez más espeso, al paso que los brazos mismos que lo forman son cada vez más flacos.
De suyo se entiende que el pequeño industrial no puede hacer frente a esta lucha, una de cuyas primeras condiciones es producir en una escala cada vez mayor, es decir, ser precisamente un gran y no un pequeño industrial.
Que el interés del capital disminuye en la misma medida que aumentan la masa y el número de capitales. en la que crece el capital, y que, por tanto, el pequeño rentista no puede seguir viviendo de su renta y tiene que lanzarse a la industria, ayudando de este modo a engrosar las filas de los pequeños industriales. y, con ello las de los candidatos a proletarios, es cosa que tampoco requiere más explicación.
Finalmente, a medida que los capitalistas se ven forzados, por el proceso que exponíamos más arriba, a explotar en una escala cada vez mayor los gigantescos medios de producción ya existentes, viéndose obligados para ello a poner en juego todos los resortes del crédito, aumenta la frecuencia de los terremotos industriales, en los que el mundo comercial sólo logra mantenerse a flote sacrificando a los dioses del averno una parte de la riqueza, de los productos y hasta de las fuerzas productivas; aumentan, en una palabra, las crisis. Estas se hacen más frecuentes y más violentas, ya por el solo hecho de que. a medida que crece la masa de producción y, por tanto, la necesidad de mercados más extensos, el mercado mundial va reduciéndose más y más, y quedan cada vez menos mercados nuevos que explotar, pues cada crisis anterior somete al comercio mundial un mercado no conquistado todavía o que el comercio sólo explotaba superficialmente. Pero el capital no vive sólo del trabajo. Este amo, a la par distinguido y bárbaro, arrastra consigo a la tumba los cadáveres de sus esclavos, hecatombes enteras de obreros que sucumben en las crisis. Vemos, pues, que, si el capital crece rápidamente, crece con rapidez incomparablemente mayor todavía la competencia entre los obreros, es decir, disminuyen tanto más, relativamente, los medios de empleo y los medios de vida de la clase obrera; y, no obstante esto, el rápido incremento del capital es la condición más favorable para el trabajo asalariado.
Escrito por C. Marx; sobre la base de las conferencias
pronunciadas en la segunda quincena de diciembre de 1847.
Se publica de acuerdo con el texto del folleto.
Traducido del alemán.





NOTAS

[1] Alusión a la leyenda del complicado nudo con que Gordio, rey de Frigia, unió el yugo al timón de su carro; según la predicción de un oráculo, quien lo desanudase sería el soberano de Asia; Alejandro de Macedonia, después de varias tentativas infructuosas, lo cortó con su espada.
[*] En este lugar el término «fuerza de trabajo» no fue introducido por Engels, sino que figura ya en el texto publicado por Marx en la «Neue Rheinische Zeitung» (N. de la Edit.)